La racionalización en la vida cotidiana*, Ernest Jones (1908)

Uno de los más brillantes resultados de las investigaciones del Profesor Freud, así como uno de los puntos cardinales de su teoría psicológica, ha sido la demostración de que un cierto número de procesos mentales debe su origen a causas desconocidas e insospechadas por el individuo. Esto aplica, igualmente, a lo mentalmente normal y anormal, categorías entre las cuales, aquí como en cualquier otro lugar, es muy arbitrario esbozar cualquier tipo de distinción. En mi opinión, esta aparentemente simple idea es una de las más trascendentes, tanto para la psicología como para las ciencias como la sociología, que debe estar fundada en la psicología. Esta conclusión está basada en vista de que la investigación, ejercida con adecuado escepticismo, muestra que el número de dichos procesos mentales es extremadamente grande; de hecho, puedo sostener que la gran mayoría de los procesos mentales en una persona normal emerge de fuentes insospechadas por él. Hasta el momento, nos encontramos únicamente en el umbral de importantes descubrimientos que, seguramente, serán hechos tan pronto este principio encuentre una rigurosa aplicación; así pues, el tema abierto es tan vasto que, en estas observaciones, no puedo hacer más que esbozar algunas de las direcciones a lo largo de las cuales podría verse que hay fructíferas conclusiones listas para ser alcanzadas.

Pese a que la importancia del sentir[i] en el moldeo de nuestros juicios, creencias y conducta ha sido, durante siglos, reconocida por poetas y escritores, la psicología académica, usualmente, le ha asignado una muy subordinada posición en relación con lo que puede ser llamado los “procesos intelectuales”. En los últimos años, sin embargo, se le ha otorgado más y más reconocimiento a la importancia del sentir. Hasta ahora, uno puede con justicia preguntarse si es que, en su formación y dirección, existe algún proceso mental en el que el sentimiento no juegue un papel de primer rango, y la ciencia de la psicología del sentir, a la que el Profesor Freud se ha dedicado devotamente, muestra, a todas luces, estarse convirtiendo en la única psicología científica del futuro. Él ha demostrado, con una convincente precisión, que un cierto número de procesos mentales previamente incomprensibles –como la formación del sueño y ciertos acontecimientos aparentemente accidentales y sin sentido de la vida cotidiana– se hallan prestos del todo a ser explicados al considerarlos problemas del sentir. Además, ha demostrado que las causas de estos procesos mentales suelen ser, no sólo insospechadas por el individuo en cuestión, sino repudiadas y negadas por él cuando su misma existencia es sugerida. En otras palabras, existen elaborados mecanismos psicológicos cuyo efecto es ocultar del individuo ciertos procesos del sentir que, a menudo, son de la más alta significancia para toda su mente. La complejidad y sutileza de estos mecanismos varía en función de lo que se podría llamar el grado {extent} de la necesidad por encubrimiento, de modo que, a mayor sea la resistencia que el individuo demuestre hacia la aceptación de un sentimiento dado, más elaborado será el mecanismo a través del cual éste será ocultado de su consciencia. Tomar en cuenta este hecho desde un punto de vista escéptico, podría llevarnos a considerar la posibilidad –incluso entre psicólogos pragmáticos– de que toda una serie de procesos mentales puede tener su origen en fuentes ampliamente diferentes de las que comúnmente son identificadas como explicativas de los mismos.

Los mecanismos de encubrimiento pueden ser estudiados de dos maneras. Los procesos del sentir conocidos pueden ser rastreados desde su origen hasta la forma transformada en que estos aparecen en la consciencia y sus efectos en los procesos mentales asociados observados; o bien, un proceso mental dado puede ser analizado, y sus causas ser rastreadas, remontándonos a sus fuentes elementales. El estudio a lo largo de estas líneas ha demostrado que, aunque los mecanismos en cuestión son numerosos y complejos, podrían ser, desde un punto de vista, agrupados en dos clases, ya sea que el individuo ofrezca una explicación sobre el origen del proceso mental terminal, o no. En ambos casos, la investigación hacia la fuente del proceso mental es detenida y el individuo considera cualquier tipo de indagatoria como superflua –en el primer caso, porque él ya tiene una explicación; en el otro caso, porque piensa que el primero no existe. Como ahora podrá apreciarse, no hay una línea clara entre las dos clases y, en ambos casos, pueden encontrarse todo tipo de procesos mentales, acciones, juicios, recuerdos, creencias, etc.

La característica predominante en la segunda clase es el hecho de que el individuo considera al proceso mental dado como auto-explicativo, y considera que cualquier tipo de investigación sobre su origen es absurda, irrelevante, sin sentido, innecesaria y, sobre todo, infructuosa. Esto, en términos generales, es el mecanismo que previene al individuo de devenir consciente de la fuente del proceso mental. Su actitud precisa frente a la investigación varía de acuerdo con el tipo de proceso mental involucrado, y esto nos posibilita, aún más, a subdividir la clase en dos.

Cuando una persona es cuestionada acerca de la causa de un proceso mental dado perteneciente a esta clase, ésta puede, en primer lugar, asegurar categóricamente que no existe una causa. Tal es la actitud usual adoptada hacia cualquiera de los grandes grupos de ocurrencias accidentales e inconscientes descritas por el Profesor Freud en su Psicopatología de la vida cotidiana bajo sus diferentes formas: lapsus linguae {Versprechen}, lapsus calami {Verschreiben}, trastocar las cosas confundido {Vergreifen}, acciones contingentes {Zufallshandlungen}, etc.[ii] Si es presionado, el individuo puede afirmar vagamente que aquéllas se deben a una “casualidad”, a una “falta de atención”, pero es claro que lo que quiere decir es que no tienen una causa efectiva y que no hay ninguna razón por la que se haya cometido tal error en particular en lugar de cualquier otro. Sin embargo, como es bien sabido, el psicoanálisis siempre revela una causa precisa para la ocurrencia, demostrando que sólo ella, y no otra, podría haber emergido –como, de hecho, podría haber sido anticipado desde los principios generales del determinismo científico–; esta causa es, pues, a menudo asociada con algunos de los más íntimos procesos del sentir del individuo.

La persona puede, en segundo lugar, negar, no tan solemnemente, que la ocurrencia tuvo una causa, en relación con la pregunta, como siendo estúpida o sin sentido. La clave para la interpretación de esta actitud reside en recolectar la ilusión popular de que un proceso volitivo es auto-producido –es decir, no tiene causa–, por lo que es dudoso que cualquiera esté completamente libre de mácula en el voluntarismo del sentir, aunque la naturaleza herética de la falacia es, en sí misma, desde un punto de vista intelectual, suficientemente clara. Los procesos mentales que están ahora a discusión son, por lo tanto, siempre volitivos, aunque el elemento volitivo no sea siempre evidente en el momento, pero podría ser importado como un pensamiento tardío. Un bello ejemplo de esta clase, en el que el elemento volitivo era prominente al momento de la ocurrencia, es el dado por Adler, en el cual un individuo seleccionó deliberadamente un número bajo la plena impresión de que no había un proceso mental trabajando más que su propia elección libre y sin restricciones; el psicoanálisis, sin embargo, reveló una compleja serie de causas que habían determinado, precisamente, el número elegido, causas que llegaron hasta la parte más íntima de su mente.[iii] Una cuidadosa consideración de este ejemplo demuestra, además, que ahí había dos grupos de procesos mentales involucrados –primero, una determinación consciente para seleccionar un número y, segundo, la selección actual en sí misma. El primero era un proceso volitivo, causado por la lectura del libro del Profesor Freud; el segundo, un proceso automático, producido por los procesos del sentir subconscientes {subconscious}[iv] revelados en el psicoanálisis. Sin embargo, ambos grupos aparecían como igualmente volitivos para el individuo, habiéndose extendido el sentimiento de volición desde el proceso mental consciente hasta el proceso automático que estaba asociado con él. El mismo mecanismo puede ser observado en otros casos en los que el elemento volitivo es importado como un pensamiento tardío. Si, por ejemplo, una persona decide dar un paseo, la dirección actual de dicho paseo puede estar determinada por varias influencias menores que le pasan desapercibidas. Si, más tarde, se le pregunta acerca del porqué andaba por tal o cual calle, la probabilidad apunta a que él simplemente responda: “Porque así lo decidí”. Aquí, la más fina señal de sentimiento volitivo es utilizada para encubrir otros procesos mentales asociados. En un gran número de actos rutinarios, realizados de manera automática, el individuo adopta la misma actitud cuando se le pregunta acerca de su causa. Muchos actos, cuya causa es una obediencia refleja a la costumbre prevaleciente en su círculo, serán considerados, después de ser cuestionado, como volitivos, quedando así la verdadera causa oculta para aquél. Si, por ejemplo, se le pregunta por qué lleva un cuello rígido o una corbata, éste ciertamente considerará una tal pregunta como extremadamente tonta aunque, si se halla en un estado de indulgencia, podría tomarlo con humor llegando a dar algún tipo de explicación imaginaria como: “para mantener el calor”, “para lucir respetable”, etc. Resulta muy claro que esto lo hace únicamente para complacer al investigador, ya que, para su mente, la explicación final y real del acto reside en su obviedad. El hecho de que considere la pregunta dirigida hacia el origen del proceso mental como esencialmente absurda, reside en el hecho de que, evidentemente, considera que no hay necesidad para buscar una causa en una acción que él prefiere pensar que es volitiva –es decir, auto-producida.

Así, pronto llegamos a un freno total en el caso del hombre ordinario pero, en el caso de un observador que se entrenó a sí mismo en el análisis introspectivo, nosotros podemos tener una pista adicional. Dicho observador podría muy bien reconocer que hay algo detrás del proceso volitivo, aunque no pueda detectarlo directamente como tal. Si, por ejemplo, él ensaya espontáneamente elegir un número, descubrirá que no está libre de elegir ningún número; un número solo viene {one number alone comes}, y no como una entre otras muchas alternativas; éste viene con una cierta fuerza impulsiva, y aquél no tiene opción más que “elegir” ese único número. En otras palabras, puede reconocer que éste viene a él aparentemente de fuera, y le resulta claro que éste debe haber sido determinado por alguna influencia oculta a la que no tiene acceso. Una sorprendente ilustración de este mecanismo, sumada a un análisis de la fuente del proceso mental, es descrita por el Profesor Freud en relación con su “elección” del nombre “Dora” para designar a la heroína de su Fragmento de análisis {Bruchstück-Analyse}.[v]

Resumiendo esta clase de procesos mentales, por lo tanto, podemos decir que, cada vez que un individuo considera un proceso dado como siendo demasiado obvio para permitir cualquier investigación sobre su origen, mostrando resistencia a dicha investigación, estaremos en lo correcto al sospechar que el origen actual está oculto de él –casi con plena seguridad que a cuenta de su inaceptable naturaleza. La reflexión demuestra que este criterio se aplica a un enorme número de nuestras creencias fijadas –religiosas, éticas, políticas e higiénicas, así como a una gran parte de nuestra conducta diaria; en otras palabras, el principio previamente citado refiere a una larga esfera de procesos mentales donde menos lo sospechamos. Aún si tales creencias y conductas han de ser traídas hacia la armonía científica, es de la más suma importancia que los mecanismos que las controlan puedan ser sujetos a un preciso estudio en un sentido que apenas comienza.

Regresamos ahora a la primer gran clase de procesos mentales, respecto de la cual el individuo profiere, efectivamente, una explicación, empero, falsa. Ésta no está claramente dividida de la otra clase que hemos considerado; para esto vimos ejemplos en los que el individuo, casualmente, dio una explicación obviamente inadecuada para un acto que, a su juicio, realmente no necesitaba. De hecho, todos los grados posibles pueden ser observados en lo que podría ser llamado el sentimiento de una necesidad por dar una explicación. Investigando sobre la fuente de esta necesidad, observamos que es sólo otro aspecto de la necesidad que todos sienten de tener lo que podría llamarse una teoría de la vida y, particularmente, una teoría sobre sí mismo. Todos sienten que, como criaturas racionales, deben ser capaces de dar cuenta conexa, lógica y continua de sí mismos, de su conducta y opiniones; así, todos sus procesos mentales son inconscientemente manipulados y revisados para este fin. Nadie admitirá nunca haber deliberadamente realizado un acto irracional y, cualquier acto que pueda aparecer como tal, es inmediatamente justificado vía la distorsión de los procesos mentales involucrados, proveyendo una falsa explicación ceñida por un plausible anillo de racionalidad. Esta justificación guarda especial relación con la opinión prevaleciente acerca de cierto círculo de personas que son más significativas para el individuo en cuestión, y dos grupos diferentes de falsas explicaciones pueden ser distinguidas, según se constituyan, esencialmente, por el individuo mismo o para él, en referencia especial hacia las opiniones de su círculo; o, grosso modo, según se constituyan para consumo público o privado. A las primeras, yo las llamaría “evasiones”; a las últimas, “racionalizaciones”; no hay, sin embargo, una línea definida que divida a ambas, y tal vez sería mejor emplear este último término para ambos procesos.

Podemos ahora considerar un par de ejemplos de esto. Uno de los mejores casos de evasión es la forma de creencia religiosa elegida por un individuo. La creencia religiosa, en sí misma, descansa, por supuesto, en principios psicológicos muy diferentes de aquellos que ahora discutimos, pero la forma de doctrina aceptada es otra cuestión. Existe toda una serie de argumentos utilizados por cada secta para apoyar su especial punto de vista acerca de la religión y, como regla, estos son tan convincentes para los miembros de cierta secta como poco convincentes para los miembros de otras sectas. Tomemos el caso de un hombre criado en un círculo cercano, de la familia y demás, de Bautistas. A la edad de la pubertad él pudo convertirse en Bautista sin pensar dos veces acerca de ello pero, a dicho hombre, a menudo se le ocurre que es una cosa irracional y, por lo tanto, desagradable, sostener una creencia meramente a causa de que sus amigos lo hacen. Éste, por lo tanto, embarga una gran muestra de razón sobre lo que para él parece una crítica y desapasionada examinación de la evidencia en pro y en contra del Bautismo. Necesita ser enfatizado que, en muchos casos, dicho individuo es fuertemente perjudicado en favor del Bautismo, y se encuentra tan profundamente persuadido en su subconsciencia {subconsciousness} de esta verdad, que él sólo está buscando el mínimo pretexto para devenir un converso abiertamente. Luego de establecida esta cuestión, él sostiene haber sido convencido de la verdad de su doctrina por la abrumadora fuerza de la evidencia en su favor; se muestra sumamente ofendido si uno, sin rodeos, dice que él cree en el Bautismo simplemente porque su padre lo hizo, negando apasionadamente esta verdadera, pero inaceptable explicación. El origen de su creencia es, así, ocultado de él por el mecanismo de la evasión. ¡Cuán diferente con respecto a un individuo educado en un ambiente Católico! Los mismos argumentos que, con el primer hombre, probaron gran eficacia, pueden aquí ser repetidos con la más persuasiva elocuencia y, a su vez, ser rechazados con desdén como si fueran obviamente falaces. Vemos aquí que la influencia del ambiente puede inculcar una creencia dada por la vía indirecta del levantamiento del estándar de aceptabilidad de los argumentos utilizados en su favor; en otras palabras, al hacerlos aparecer más obviamente sensibles y razonables para el individuo. Será una cuestión interesante para el futuro determinar cuántas de nuestras más firmemente arraigadas opiniones acerca del valor del sufragio universal, acerca de un gobierno representativo, de las instituciones matrimoniales, etc., no constituyen ejemplos similares de aceptación ciega de la influencia sugestiva de nuestro medio ambiente, fortificada por las más elaboradas evasiones y racionalizaciones.

Como un ejemplo del mecanismo aliado con la racionalización, tomaré el uso corriente de la valeriana como un antídoto específico para la histeria. Recordaremos que, durante muchos siglos, la asafétida y la valeriana fueron administradas sobre la base de que la histeria se debía al desplazamiento del útero a lo largo del cuerpo, y estas malolientes drogas tendían a dirigirlo a su posición apropiada, así, curando la queja. Aunque estos supuestos no han sido confirmados por la experiencia, en la actualidad, sin embargo, la mayoría de los casos de histeria son todavía tratados con dichas drogas. Evidentemente, la influencia operativa que conduce a su administración es la respuesta ciega a una tradición prevaleciente cuyo origen ha sido, en gran parte, olvidado. Pero la necesidad, por parte de los profesores de neurología, de proporcionar razones a los estudiantes para su tratamiento, ha llevado a la explicación, que ha sido inventada, de que estas drogas actúan como “antiespasmódicos” –lo que sea que esto pueda significar– y que a menudo son administradas en la siguiente forma refinada: Uno de los constituyentes de la valeriana –el ácido valeriánico– ha sido nombrado el “principio activo” y es administrado, como usualmente se hace con la sal de zinc, recubierto con azúcar {sugar-coated} para disfrazar su displacentero sabor. Algunas autoridades modernas, al corriente del origen de este tratamiento, han hecho énfasis en lo curioso que resulta que los antiguos, a pesar de sus falsos puntos de vista sobre la histeria, hayan descubierto una valiosa línea de tratamiento y, a su vez, hayan dado una explicación tan absurda de su acción. Esta continua racionalización, de cara al conocimiento de que el proceso en el pasado era irracional, a menudo es observada; un ejemplo bien conocido es el de la explicación de La Última Cena[vi] como una Misa y una Comunión, a pesar del reconocido origen teofágico del rito; es decir, los exponentes de hoy en día, a menudo se jactan de su conducta racional superior mientras realizan idénticos actos que ellos ridiculizaron cual irracionales en sus antepasados. Es difícil observar cuán lejos puede llegar el autoengaño una vez que el camino superado {beaten path} de la experiencia y el estándar científico de verificabilidad son apartados; y sin embargo, sostengo que es probable que muchas de nuestras creencias, ahora concebidas más allá de toda sospecha, probarán ser igualmente extrañas {bizarre} tan pronto como el reflector del escepticismo se vuelva sobre ellas.

Mi objetivo en estas pocas observaciones ha sido el de ilustrar desde cuán diversos sitios los principios del Profesor Freud pueden ser sostenidos, así como indicar cuán vasto campo permanece aún ahí para que estos sean aplicados. Estamos comenzando a ver al hombre, no como el agente, el agente automático {self-acting} que pretende ser, sino como realmente es –una criatura apenas débilmente consciente de las varias influencias que moldean su pensamiento y acción, y ciegamente resistiendo, con todos los significados en su poder, a las fuerzas que actúan por una consciencia más elevada y completa. En conclusión, quisiera señalar que los futuros estudios en esta dirección deben darnos el secreto de la formación de la opinión y la creencia, así como los métodos a través de los cuales éstos pueden ser controlados. Esto proporcionará una ayuda práctica en el conocimiento acerca del cómo promulgar, de una mejor manera, ideas que son, en sí mismas, inaceptables, porque el hoy en día se convierte en pasado cuando los psicólogos se justifican insistiendo aún en compartir la ilusión común de la humanidad acerca de que la mejor manera de difundir una opinión consiste, simplemente, en declarar y reafirmar la evidencia en su favor, bajo la piadosa creencia de que, tarde o temprano, seguramente será aceptada, únicamente si es verdadera. Ahora sabemos que ese método, no sólo es tedioso sino que, a menudo, permanentemente insatisfactorio. Estas son, incuestionablemente, verdaderas ideas que la humanidad ha tenido la oportunidad de aceptar durante dos o tres mil años, pero que nunca serán aceptadas hasta ser promulgadas con la ayuda del conocimiento que ahora se halla siendo recogido por la nueva escuela de psicología.


*Leído en el Primer Congreso Internacional de Psicoanálisis, Abril 27, 1908. Publicado por primera vez en el Journal of Abnormal Psychology, Vol. III, Nº2. Extraído de Ernest Jones, Papers on psycho-analysis, Baillière, Tindall and Cox, London, 1913, pp. 1-9. Traducido del inglés por Javier Jiménez León.

[i] En el original, la palabra utilizada por Jones es feeling. He decidido traducirlo por sentir dado que el texto gira en torno a un acto y no necesariamente, no en todo el texto, a un sentimiento. [N. del T.].

[ii] En el original, los términos se encuentran en alemán. Utilizo la traducción de José Luis Etcheverry para una mejor orientación. Cfr.Sigmund Freud, Psicopatología de la vida cotidiana (Sobre el olvido, los deslices en el habla, el trastocar las cosas confundido, la superstición y el error) (1901), Obras Completas, Tomo VI, Amorrortu, Buenos Aires, 1992. [N. del T.].

[iii] Un ejemplo similar aparece en The psychopathology of everyday life, Capítulo III del libro de Ernest Jones, Papers on psychoanalysis, Tyndall and Cox, London, 1913.

[iv] El término subconsciente no es utilizado por Freud. Es Pierre Janet quien, ciñéndose más firmemente a la enseñanza de Charcot, utiliza, en otros términos que el de inconsciente, dicha acepción. [N. del T.].

[v] En alemán en el original. Las cursivas son mías [N. del T.].

[vi] Se refiere al cuadro de Leonardo Da Vinci. Las cursivas son mías. [N. del T.].

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