El pasador*, Colette Soler

El término pase incluye, semánticamente, referencias al tiempo y al espacio, tal y como en “el esp[acio] de un laps[us]” {l’esp d’un laps} que abre el Prefacio,[i] [como ya] lo había dicho en su momento. Éste mplica un atravesamiento –Lacan usa el término– y, por lo tanto, también un tiempo necesario. Entramos, salimos. La cuestión es saber cuál es la estofa[ii] de este tiempo. Al final, llegamos a una conclusión, aunque sólo sea en acto, pero ¿es éste el fruto de un tiempo para comprender o de un tiempo para cambiar, incluso para renunciar? Dejaré esto en suspenso.

Entramos y salimos. Si razonamos un poco a ciegas, diremos que el pasador entró, pero no salió; el pasante piensa que ha salido, y nosotros esperamos que [nos] diga cómo, en la particularidad de su caso. ¿Qué ocurre en esa zona del pasador potencial? Toda la cuestión está ahí si pretendemos designar pasadores. Quiero decir que es una zona de turbulencia, como decimos en la navegación aérea. Hay muchos tipos de turbulencia; además, un análisis trata, historiza las turbulencias de toda una vida, propias de cada uno. Esto es otra cosa: se trata de una turbulencia-tipo, inherente al discurso analítico, producido por él, efecto de la lógica de su proceso. Turbulencia: éste es el término que elijo para decir del tiempo en que se desarrollan los afectos de la conclusión puesta en suspenso, a saber: el tormento, el duelo, o el goce inquieto de la fase final que aún no ha terminado. “Abróchese el cinturón”, es lo que deberá decírsele al pasador, porque es él quien es sacudido en esta zona, “esté o no en dificultades”, y la mayoría de las veces está en dificultades. Me gustaría subrayar este punto. ¿Está a la espera, al borde de, en un momento de suspenso? ¿De qué? De lo que será la propia solución para un analizante determinado.

El pasante, por otro lado, en principio, ha abandonado la zona, incluso si se espera alguna otra turbulencia en el dispositivo. El pasador es otra cosa. Le doy su peso al hecho de que Lacan no dijo simplemente: “él está en el pase”, sino que él es el pase. El uso del verbo ser siempre es muy significativo en Lacan, como cuando dice, por ejemplo: el sujeto es el objeto de su fantasma.

En el espacio del pase, ¿en qué se han convertido los dos partenaires? Duelo para el analizante, deser para el analista, dice Lacan en 1967.[iii] ¿Qué quiere decir? El término deser designa un cambio en la relación de transferencia, [mismo] que Lacan formula en El atolondradicho con la expresión: él es reducido al objeto a.[iv] Los estadounidenses estigmatizaron al analista como un reductor de cabeza[s]; sí, la del analista, a final de cuentas. ¿Qué ha sido eliminado en esta reducción? La idealización del objeto de la transferencia, el agalma del sujeto supuesto saber; queda, entonces, el en-sí del objeto a, impredecible, su pura función de causa sostenida por el analista. Entonces, ¿qué es exactamente el duelo?

Duelos hay muchos y de géneros diversos. Este duelo es un duelo-tipo programado por el proceso. [Y] le concierne al saber como objeto. El amor de transferencia es amor al saber, dice Lacan; en otras palabras, es el saber supuesto el que le da al analista su estatuto de objeto. En este sentido, él no es cualquier objeto, sino el de un amor nuevo.

El deser del analista no implica que uno le desuponga el saber, implica que, con el saber adquirido por el analizante en análisis, uno da cuenta de los límites de eso que yo puede saber, y que sea lo que sea que uno articule, es el “saber vano de un ser que se escabulle”.[v] Cuando hemos cruzado el umbral de entrada de un análisis, cuando estamos en el espacio de la transferencia, entonces, estamos a la espera del saber, bajo la simplísima forma de una expectativa de poner en palabras. No debido a un gusto particular por las palabras, sino debido a que este impulso para poner en palabras “está lo suficientemente motivado por el rasgo unario”,[vi] el S1. Y podemos entrar [en ese umbral] incluso si hay pocas palabras; dicho de otra manera, incluso si no somos muy cultos, ya que dicha cultura es la cultura de las palabras. Nuestro objetivo es poner en palabras aquello que uno es; nos gustaría ponernos en palabras, de manera plena, con la idea de que eso nos permitirá hacer de otra manera. Empero, nótese, ¿qué significa esa esperanza de que poner en palabras cambia algo? Esto significa que el proceso postula, implícitamente, que uno es moteria {motière},[vii] hecho con la estofa de las palabras, y uno quisiera saber… [de] esa moteria. He ahí la esperanza.

Y luego, haremos dos observaciones: imposible poner todo en palabras; ahí faltan las palabras, y esto es un real que obedece a la naturaleza misma del lenguaje. De repente, las palabras que me representan no me representan del todo: mi moteria está siempre en cuestión. Pero, por otro lado, hay demasiadas palabras que no sabía, que emergen de milengua {malangue}[viii] y que producen lapsus en mi discurso, sin fin, incluso después de dicho fin. Entonces, palabras [de las] que nunca sabremos, un lapsus pudiendo siempre cazar a otro, el Uno encarnado permaneciendo incierto. El fracaso de mi moterialidad se revela allí. Lacan habló del en-sí del objeto a, [pero] se debería hablar del en-sí de mi moteria.

El amor al saber, el saber tomado como objeto, así como la expectativa que éste genera, por lo tanto, conduce al fracaso (también hay éxito, pero dejaré esto de lado), y es ahí que me percato, verdaderamente por vez primera, de lo bien fundado de la escritura de Lacan: “no-saber que sabe” {insu que sait}. Este hecho, el del fracaso, motiva suficientemente un momento de turbulencia, en el que el sujeto incrédulo no quiere creer en los límites en cuestión, y menos aún aceptar ese impasse del sujeto supuesto saber.

Entonces, aquello en que consiste la virtud del pasador es que él es este no-saber que sabe, y esto es precisamente lo que permite acoplarlo con el pasante bajo la forma del juego de palabras {trait d’esprit}.[ix] El juego de palabras no es [sólo] una historia divertida, éste produce un efecto de sentido en el sin-sentido, que no es de nadie en particular, que se transmite de uno a otro, y luego, a un tercero cualquiera como universal. La condición, sin embargo, es la lengua compartida que suplanta la particularidad de cada uno. En el pase, lo que el pasante y el pasador comparten, más allá de sus diferencias individuales, no es sólo lalangue, sino lo que hoy llamo el no-saber de quien sabe, no-saber que ustedes cargan a la cuenta del en-sí del objeto o de lo real.

El pasante lo convirtió en un éxito –sabido que sabe {su que sait}– a ser escrito de dos maneras; el pasador lo experimenta todavía, oscilando entre la esperanza y el fracaso, [entre] el saber adquirido y el saber agujereado. Fracaso, puesto ahí, de nueva cuenta, para ser escrito como ustedes quieran. Entonces, puede afligirse –más o menos, por otro lado–, pero sobre todo temer, angustia[rse] [de] que sea un mal pase, sin salida. Bueno, probablemente no haya nada como esa inquietud, esa intranquilidad, para que pueda comprender sobre la marcha la solución que habrá encontrado otro que ha pasado por allí, el pasante.

Resumiré, entonces, para concluir, lo que quería decir hoy. De un pasador a un pasante, existe el mismo problema, pero no el mismo resultado. Este problema se formula de maneras diversas en Lacan, pero en todas sus evocaciones sobre el pase está situado: “saber vano de un ser que se escabulle”,[x] o impasse del sujeto supuesto saber, o espejismo de la verdad. ¿Qué hacer con este descubrimiento y cómo sostenerlo después de todas las esperanzas que uno ha depositado en la transferencia? Es porque la respuesta falta aún al pasador –y, por lo tanto, por su dificultad misma–, que él será, finalmente, sensible a la respuesta que el otro, su pasante, creyó haber encontrado, y que podrá transmitir al cártel. Este es, en efecto, el modelo del juego de palabras {mot d’esprit}. Por lo tanto, concluyo que, para designar a un pasador –tarea del AME en nuestra Escuela–, es necesario tener una idea de cuál es el problema-tipo de la fase final del análisis, más allá de los problemas particulares que cada analizante [tiene por] tarea resolver en su análisis.


*Originalmente publicado bajo el título Le passeur, en “Lacan, psychanalyste. Témoignages”, Champ Lacanien. Revue de psychanalyse, Nº 11 (1), EPFCL-France, mai 2012, pp. 139-142. Traducido por Javier Jiménez León.

[i] Cfr. Jacques Lacan, “Prefacio a la edición inglesa del Seminario XI”, en Otros Escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 599.

[ii] En el original, l’ettofe, lo que también se puede traducir, para aquellos que no están familiarizados con el argot del psicoanálisis lacaniano, como paño, como trapo, aquel que puede hacer de parche sobre un agujero. [N. del T.]

[iii] Cfr. Jacques Lacan, “Proposición del 9 de octubre de 1967”, en Otros Escritos, op. cit., p. 273. [N. del T.]

[iv] Cfr. Jacques Lacan, “El atolondradicho”, en ibid., p. 511. [N. del T.]

[v] Cfr. Jacques Lacan, “Proposición del 9 de octubre de 1967”, en ibid., p. 272. En la edición autorizada por Jacques-Alain Miller, la cita es la siguiente: “La paz no viene de inmediato a sellar esta metamorfosis en que el partenaire se desvanece por no ser ya más que saber vano de un ser que se sustrae”. Elijo traducir se dérobe por se escabulle por la connotación implícita en el enunciado, en la que el ser no sólo se resta o se sustrae, sino que se elude, nos elude. [N. del T.]

[vi] Jacques Lacan, “El acto psicoanalítico. Reseña del Seminario 1967-1968”, en ibid., p. 397.

[vii] La autora parece haber creado este neologismo a partir de la fusión de mot (palabra) y matière (materia). En este caso, aquello que traduzco como moteria, representaría al sujeto en tanto que hecho de palabras, “con la estofa de las palabras”. Encontramos un antecedente en Jacques Lacan, quien utiliza el neologismo moterialismo {motérialisme} para referirse a aquel lugar en que “reside el asidero del inconsciente”. Cfr. Jacques Lacan, “Conferencia en Ginebra sobre el síntoma” (1975), en Intervenciones y textos 2, Manantial, Buenos Aires, 1988, p. 126. [N. del T.]

[viii] Aparente referencia a lalangue, pensada en términos de Jacques Lacan. [N. del T.].

[ix] Pese a que, en ocasiones, se traduce trait d’esprit por chiste, esto refiere al Witz freudiano, que no es precisamente un chiste sino, precisamente, un juego de palabras. [N. del T.]

[x] Cfr. Jacques Lacan, “Proposición del 9 de octubre de 1967”, en ibid., p. 272. [N. del T.]

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