Clase del 23 de junio de 1965*, Jacques Lacan

Problemas cruciales para el psicoanálisis

El Seminario (1964-1965)

Seminario cerrado

Nuestra última reunión de este año. Quería que fuera un Seminario, como se dice, cerrado; es decir, el momento o el lugar donde manifesté, este año, el deseo de escuchar, en suma, un cierto número de respuestas eventuales conforme a las que pude haberlos inducido a avanzar en mis cursos.

Es una empresa que no reveló ser, este año, demasiado caprichosa {hasardeuse},[i] sin embargo, hemos fallado, para esta última reunión, al no haber contado con el conjunto de aquellos que habían manifestado expresamente el deseo de estar presentes por la palabra en uno de mis Seminarios de este año, quienes se encontraron, como sucede con los psicoanalistas, siempre muy ocupados. Fueron tomados un poco desprevenidos.

Bueno. Luego tuve una grata sorpresa. Me trajeron, en el último momento, un texto sobre… ya verán, un libro que me parece muy muy importante. Ya verán porqué me parece tan importante. No es únicamente porque podamos hablar de él con la mayor pertinencia, sino porque nos remite a ciertos puntos de referencia que creo haber elucidado de la mejor manera ante ustedes, este año, concernientes a lo que llamamos el deseo.

Luego entonces, ustedes tendrán una intervención de alguien a quien ya han escuchado y que hace parte de esta nueva generación {couche}[ii] siempre presta a ir al fuego cuando, quizás, los más ancianos tengan hábitos más lentos.

Entonces, cederé la palabra, sin más demora, a la persona que va a aportarles su comentario sobre esta obra, cuyo nombre ni siquiera revelaré antes de que ella hable. Se trata de Madame Montrelay, quien amablemente me hizo esta agradable sorpresa.

Michèle Montrelay: En esta víspera de vacaciones, quizás no sea demasiado frívolo proponer, a aquellos de entre ustedes que no lo hayan hecho ya, la lectura de la última novela de Marguerite Duras, El arrebato de Lol V. Stein.[iii] Este libro fue publicado el año pasado, y no siempre ha sido recibido favorablemente por los críticos. Se le ha reprochado una sutileza excesiva, enigmática. Encontramos ahí, además, la manera habitual de Marguerite Duras: la lentitud del ritmo, la ambigüedad de la textura, la inteligencia apasionada de las palabras que es, también, la del corazón.

El arrebato de Lol V. Stein va en el mismo sentido que los relatos precedentes de Marguerite Duras, a la búsqueda de un momento perdido. Ese instante, que se produce absolutamente por azar, fascina al personaje principal del relato –recuerden ustedes el escenario de Hiroshima mon amour–;[iv] le fascina porque es ahí donde se inscribe su certeza. Esta certeza es extremadamente sensible, además, en el estilo de Marguerite Duras –que irrita mucho–, lo que es bastante comprensible, ya que insiste, aún más, en que se está eludiendo {se dérobe}. Parece que coincide con la memoria o, más bien, con lo que Lacan llama una des-moria.[v]

Si evoco este último término, no es para constatar, pura y simplemente, que constituye el resorte de la novela. Esta afirmación es, también, verdadera para las novelas de Proust, Butor, Simon y de algunos otros. Ella [la des-moria] es, quizás, más verdadera que las obras de Marguerite Duras donde la memoria no constituye tanto el resorte sino el objeto del relato, curiosamente, hecho por un Otro. Quiero decir que éste aparece ahí con una nitidez particular, que es en el discurso deseante del Otro que vivimos con el sujeto Lol V. Stein, el acontecimiento que le tiene prisionera. Esto, sin decir que la novela es el enésimo relato que ha sido hecho en tercera persona. Lo que sorprende es que el relieve poco habitual –que es aquel de la primera persona que cuenta a la tercera–, ese relieve es una tercera dimensión donde el sujeto Lol emerge infinitamente más presente, más inquietante de lo que pudiéramos dar cuenta: el empleo único de la primera persona. Esas dimensiones, que Jacques Lacan nos ha señalado este año y a las cuales acabo de hacer alusión –particularmente la que fue denominada por él la última semana como la dialéctica de la relación con el Otro en tanto que relación de alienación–, esas mismas dimensiones estructuran la novela de Marguerite Duras, sobre la cual es tiempo de que les haga un resumen.

Lola Valérie Stein –diecinueve años, americana, a punto de casarse– es bruscamente separada, al final de un baile, no por su prometido –Michael Richardson–, sino por la pareja que conforman su prometido y Anne-Marie Stretter; estos dos últimos acababan, durante el curso del baile, de reconocerse en una pasión tan repentina como definitiva. Es así, creo, que las cosas deben ser contadas. Lol, quien vio a la pareja comenzar a amarse por el solo –tomaré prestado el término de Serge Leclaire– circuito de la mirada, mira –ella también– y no está dispuesta a parar de mirar.

Tenemos que subrayar, enseguida, la rareza del carácter de Lol: indiferente, ausente. He aquí la primera presentación que nos es hecha por su amiga. En el colegio, dice ella –y yo no era la única en pensarlo–, le faltaba algo a Lol para estar, ella dice, aquí. Ella daba la impresión de tener que soportar, en un aburrimiento tranquilo –una persona que no debía aparentar– en el que se servía de la memoria a la menor oportunidad. Gloria de dulzura, mas también de indiferencia.

Si Lol V. Stein es tan indiferente es, naturalmente, porque no hace bien la diferencia entre ella y lo que le rodea. Anne-Marie Stretter, quien aparece, al contrario, perfectamente definida, segura de ella, permite –imagino a Lol hacerlo–, gracias a ella, la diferencia entre una mujer –esta mujer que es Lol V. Stein– y el deseo de Michael Richardson. Este deseo toma entonces, para Lol, un valor significante, insospechado hasta ahora, no obstante ella no ame más a su prometido. Ese significante, Lol V. Stein, sufre su marca bajo la forma de un olvido.

El olvido de Lol, su negación, va a hacer de su voluptuosidad de ser, finalmente, la presencia de la pareja y su propia presencia –o el presente de la presencia, si puedo invertir, de esta manera, una fórmula que da Heidegger de la angustia para ilustrar lo opuesto–; es decir, la satisfacción –donde el presente de la presencia adquiere un valor absoluto que representa el tiempo muerto del baile, amurallado {muré}–, está escrita en su luz nocturna. Pero, más allá de lo que nos es dicho acerca de los múltiples aspectos del baile, lo que retiene a Lol es el final y, más precisamente todavía, el momento en el que acaba de percibir la aurora, mientras que ellos no saben todavía.

En ese momento, Lol presiente, en medio del enloquecimiento, que va a pasar algo, que eso {ça} va a pasar. Y si retomo los términos citados recientemente por Jacques Lacan, es debido a que estos me parecen expresar perfectamente en su ambigüedad el acontecimiento presentido por Lol de su cuerpo como un desecho o, más bien, el advenimiento de su cuerpo como un desecho, un resto, rechazado aún más por la aurora que por la pareja.

Retomo ese pasaje con más detalle: «Ella, sabe –escribe Marguerite Duras–, ellos todavía no».[vi] Y agrega un poco más tarde: «En ese preciso instante, algo, pero ¿qué?, debió de haberse intentado, pero no se intentó».[vii] He aquí cuál fue la tentación de Lol: fortalecida por un saber en el que ella posee, por un breve instante, un privilegio, ella se siente a punto de usarlo, en principio, para circunscribir, perpetuar esta fascinación común, lo que posibilitaría entonces suponer que Lol ha descubierto un repentino poder encantador {encantatoire}. Pero esto no es lo esencial. Lo que Lol desea, en la posesión de su breve y frágil saber, es decir porqué, realmente, la pareja se fuga. Y esto es absolutamente imposible.

Si esas palabras existieran para cernir lo que, delante de ella, se manifiesta –se juega– de la realidad del sexo, la pareja se quedaría. Lol está segura y también nosotros compartimos esta certeza. Estamos ahí completamente suspendidos un breve instante. Conservamos la nostalgia.

No puedo leer aquí las dos admirables páginas que nos llevan a ese instante. Me contentaré con citar esta frase en que se dice el lamento, el duelo de Lol:

Me gusta creer, como creo, que si Lol es silenciosa en la vida es porque ha creído, durante la brevedad de un relámpago, que esa palabra podía existir [Carente de su existencia, calla]. Sería una palabra-ausencia, una palabra-agujero, con un agujero cavado en su centro, ese agujero donde se enterrarían todas las demás palabras.[viii]

Esa palabra. Lol se da cuenta de que no puede articularla. Además, Marguerite Duras prosigue de la siguiente manera:

No se habría podido pronunciarla, pero se habría podido hacerla resonar. Inmensa, sin fin, un gong[ix] vacío, habría retenido a los que querían partir, les habría convencido de lo imposible, les habría hecho sordos a cualquier otro vocablo distinto, de una sola vez los habría nombrado, a ellos, al futuro y al instante.[x]

¿Quién puede convencer de lo imposible? ¿Quién puede decir la verdad de la realidad, empezando por la del sexo? Jacques Lacan se preguntaba, hace poco, si no es Dios, pero Dios está ausente. Lol –continúa Marguerite Duras– no es Dios. «Ella […] no es nadie».[xi] Resultado de la ausencia de una palabra, de la ausencia de Dios, no queda más que el cuerpo de Lol: horrible, espantoso de sostener, objeto a que, en adelante, tendrá que esforzarse en abolir. ¿Cómo hacer? Preparando la apuesta {coup de dés}[xii] que fue el olvido primero de Lol, [ésta] se renueva, pero mata, por así decirlo, dos pájaros de un solo tiro. El olvido de Lol por una pareja real debe coincidir con la abolición de su cuerpo experimentado como objeto a.

Sólo entonces, este acontecimiento será el advenimiento del arrebato de Lol V. Stein. Esto, en el doble sentido del término. ¿De qué manera, Lol V. Stein, plantea sobre la realidad de los seres que la rodean el marco de su fantasma, que no es otro que la reconstitución retroactiva del primer azar? Se los diré enseguida.

Haremos ahora algunas observaciones. Primero, a propósito de este objeto a, tal y como aparece en el curso del relato. La primera, pues, es que éste constituye –en Marguerite Duras, así como en Flaubert, Maupassant y también en la nueva novela– la materia sensible, palpable del relato que no deviene, hablando propiamente, acontecimiento, sino por la intervención del deseo del Otro.[xiii]

En El arrebato de Lol V. Stein, el objeto es el cuerpo, la mirada; pero es, sobre todo, la palabra faltante que, por faltar –no obstante de la manera más horrible–, a partir del momento en que su existencia es planteada, es puesta en cuestión. Esa palabra-agujero, ese agujero de carne, ese «inacabamiento sangriento» –cito, «ese perro muerto en la playa»–,[xiv] ¿cuántas veces ha de resonar en sus orejas? Esa palabra es Lol.

Lola, nombre femenino en cuanto a su pequeño a final y a su carácter sexuado. Éste se une de manera curiosa con lo poco que queda de Valérie, una V. y la densidad breve del patronímico.

Jacques Lacan: Madame Montrelay, ¿será que usted tiene el coraje de comprometerse {jeter à l’eau}? Lo que usted ha descubierto en esta obra y en este texto, intente transmitirlo con sus notas, por supuesto, para sostenerlo –aunque no son notas, sino un texto–, pero sin leerlo –el texto–, porque yo creo que no es que no lo transmita sino que eso tiene menor alcance que si usted se dirige ahí. Improvise, cuente la cosa como usted es absolutamente capaz de hacerlo, porque yo creo que es importante.

Michèle Montrelay: No preparé una improvisación.

Jacques Lacan: No improvise, pero diga lo que tiene que decir. En resumen, se trata de algo que podría ser una historia –y una historia psicológica–, a saber, que podría, en efecto, remontarse hasta la infancia de Lol V. Stein. La originalidad de esto disminuye ante el hecho de que usted sabe del uso americano de dar… –bajo la forma de una inicial–; de representar la presencia de un segundo nombre bajo la forma de una inicial.

El primer nombre es un nombre abreviado, es Lola. Este Lol V. Stein… Esto no es en absoluto psicología. Quiero decir, se habla de lo que ella ha tenido, quizás siempre, de extraño, pero lo importante es lo que le pasa de único en un momento dado, alrededor de lo cual ella queda –se podría decir que fuera si es que hiciéramos psicología– enganchada al hecho de que, un buen día, con su prometido de entonces, ocurre que una tercera persona –una mujer encantadora– entra; el prometido la mira y el asunto está terminado. Ellos partirán juntos al final de la noche y todo ocurre, verdaderamente, a la vista, no solamente de Lol, sino de la de todos.

Todo lo que va a ocurrir después en la vida de Lol V. Stein –eso que nos es expresamente comunicado–, nos es comunicado por un narrador que no conocemos. Hay un momento donde, a la mitad del libro, la distancia se cubre y el narrador se revela. La distancia es cubierta. Soy yo. Es él quien habla y quien incorpora su propia introducción en la vida de Lol V. Stein.

Lo que va a pasar con este personaje –con el cómo este personaje es encontrado– es algo que manifiesta el estado en el que se ha quedado Lol V. Stein a propósito de esta escena traumática. Lo que ella es, esencialmente, a partir de aquí, es lo que Madame Montrelay intentará explicarles. Lo que yo he podido decir este año acerca del sujeto y sus soportes, queda, aquí, verdaderamente ilustrado, ilustrado de una manera que no tiene un solo instante la pretensión estructuralista o analítica, simplemente al enunciar las cosas con palabras que esclarezcan mejor. Se deduce que la estructura misma está ahí escrita.

Hace un momento, Madame Montrelay les ha leído un texto en el que hay esa palabra-agujero, por ejemplo. Eso {ça}, está en el texto. Hay, claramente, otra cosa en el texto que es un texto que parece –sin que hayamos hecho nada, ni el uno ni el otro, Marguerite Duras y yo, para encontrarnos– ser congruente con el tema que les he planteado este año.[xv]

Retome como quiera, como pueda; hable un poquito más fuerte, un poquito más escandido. Y si puede, deje su texto. Yo estaría contento. Porque usted, seguramente, tiene más de una cosa por decir. O bien, lea fragmentos de Marguerite Duras de vez en cuando. Eso {ça} tiene que, absolutamente, ser transmitido.

Michèle Montrelay: Lo mejor será, quizás, que lea primero lo que tengo aquí y después veremos…

Decía, entonces, que este objeto era una palabra: era Lol. También dije que Lola había perdido la a de Lola, que había perdido su carácter sexuado y que eso la hacía anónima. Pero eso, por el contrario –creo que no lo he dicho todavía de Lol V. Stein–, no es fácil de decir. Finalmente, encontramos en esta secuencia verbal las características que, a mi parecer, fueron subrayadas por Serge Leclaire a propósito de la fórmula secreta POOR (d)J’e-LI.[xvi] Estas características me parecen ser las siguientes:

1º) La brevedad con la cual surge la fórmula que corresponde con la aparición de un nada-de-nada-algo {rien-du-tout-quelque-chose} con el que ya nos hemos encontrado anteriormente;

2º) La acmé,[xvii] figurada en forma invertida por la V. en el centro: bifurcación, triángulo inacabado;

3º) La inversión natural en cuanto a la palabra Lol, donde el lugar equivale al anverso. Empero, precisamente entonces, ¿podemos hablar de inversión? Es otra cosa;

4º) El carácter mágico de esta fórmula, mágico, finalmente, al menos como aparece en la novela, porque representa la palabra maestra que Lol debería haber dicho para cerrar por siempre el circuito del sentido.

Éstas no son más que suposiciones. Por lo tanto, si, como lo subraya Marguerite Duras, Lol, al pronunciar un nombre propio, es incapaz de nombrar –ahí podría encontrar la cita ahora mismo–, es bien posible que esa palabra presente-ausente, lejos de sostener, aquí, el orden simbólico, no sirve sino para querer justificar lo inexplicable, es decir, el misterio del nacimiento.

Observaremos, en segundo lugar, y muy brevemente, con cuánta ambigüedad, con cuánta incoherencia se manifiesta en el relato la femineidad de Lol. Es tentatdor pensar que Lol no contaba para nada; olvidada por la pareja, aparentemente no deseada por sus padres, repite, incansablemente, esta experiencia, porque puede permitirle articular –para los demás, pero especialmente para ella– su enigmática femineidad.

Uno es golpeado, en esta novela, por la ausencia de referencias, la escasez de significantes fálicos; parece que la sexualidad de Lol se ubica muy por debajo de una estructuración edípica, relacionada con el vacío evocado por Perrier y uno de sus colaboradores en el Volumen VII de La psychanalyse.[xviii]Empero, antes de concluir esta exposición, quizás sea necesario dar una visión general de la continuación de la novela.

Lol V. Stein, después del baile, después de la crisis y del tiempo de locura que le sigue, se casa, tiene tres hijos, vive muy conformemente a las normas en una pequeña ciudad americana. Después de diez años de matrimonio, ella regresa a su ciudad natal y, en el curso de las tardes en las que pasea su cuerpo por ahí, incansablemente –como se pasearía a un niño–, conoce a una pareja, otra, formada por su amiga de antaño y un hombre sobre el cual ella fija su mirada, al que decide amar de la manera más extraña. En efecto, este hombre tendrá que olvidarla tan a menudo, tan absolutamente como le sea posible, con una mujer que será y que, sobre todo, deberá ser considerada por él como el apogeo de la femineidad.

Que esta mujer haya asistido al baile –que es también su baile, el de ella– es, por supuesto, una condición esencial en el encanto de esta situación. Esta inmensa fantasía –concebida por Lol V. Stein por razones fácilmente reconocibles ahora–, el amante de Tatiana intentará descifrarla poco a poco:

Deseo como un sediento beber la leche brumosa e insípida de la palabra que surge de Lol V. Stein, formar parte de su mentira. Que me arrastre […] que me triture con el resto, seré servil, que la esperanza de ser servil signifique ser triturado con el resto.[xix]

Esto es lo que está dispuesto a hacer el narrador, Jacques Hold: Encontrarse con Tatiana en un hotel cerca de la ciudad mientras que Lol V. Stein se recuesta en un campo de centeno mirando, mirando… ¿Mirando qué? A los amantes que, en primer lugar, a veces, pasan cerca de la ventana; luego, por supuesto, nada más. En la ventana, el descuido frente a Lol V. Stein que Jacques Hold se esfuerza por llevar a cabo para la mayor satisfacción del trío.

¿Qué propósito secreto se apoderó de Marguerite Duras, llevándola a forjar una historia tan espantosa, tan loca, tan lógica como ilógica hasta en sus más mínimos detalles? Es aquí donde tenemos que hacer una tercera serie de observaciones a propósito del empleo de las personas en el relato, especialmente de la inusual extensión –insólita– que se le dio a la primera persona, la de Jacques Hold. De esto se desprende:

Primera observación: En la medida en que nuestro único saber se instaura en un deseo –deseo tomado a sí mismo en la red de un fantasma– en el que dicho saber jamás es fijo sino siempre relativo, posibilitado… como una historia entre otras. Tales se encuentran presentes, creo, en algunas obras musicales contemporáneas, como en las de Stockhausen,[xx] por ejemplo.

Segunda observación: El deseo del Otro[xxi] condiciona el espacio de la novela, es decir, su estructura, espacio abierto a todos los vientos en donde el deseo del Uno –digamos, el exterior– se puede superponer, en todos los aspectos, al del Otro, supuestamente interior. ¿Cómo el deseo del Uno puede suturarse al deseo del Otro? Es en función del objeto a, con el que nos encontraremos de nuevo ahora mismo.

Tercera observación: Que habría sido absolutamente imposible dar cuenta de la sujeto Lol, de hacerla emerger en esta cualidad de ser, verdaderamente, a veces, capaz de quitar el aliento {à couper le souffle}… En otras palabras, habría sido imposible asir a Lol en el punto cero de su deseo sino en el discurso del deseo del Otro.

Cuarta observación: Este tema {sujet} lo comprendemos por debajo del cogito. Nada de esto es jamás formulado bajo la forma de lo Uno, de lo único. He aquí lo que su amante dice de esto: «Fue mi primer descubrimiento respecto a ella: No saber nada de Lol era ya conocerla. Se podía, pensé, saber aún menos, cada vez menos, de Lol V. Stein».[xxii]

Dicho sea de paso, esta definición del amor no es del todo mala, me parece. Empero, lo que nos interesa aquí, es que este sujeto brumoso, insípido, que no tiene idea, que no tiene a nadie, es el único sujeto en la novela que piensa, manipula su mundo; acecha, manipulando a la pareja de amantes, de cuyos lugares hablaré ahora mismo.

Es porque el sujeto es a ser tomado en una división perpetua entre el deseo del Otro y el objeto a. Aquí está de nuevo este objeto, más presente que nunca en la segunda parte de esta novela. Esos ojos fijos, bien abiertos, que devoran, absorben, que deciden todo; esa mirada inmensa, perdida en el escalofrío {hérissement}[xxiii] producido entre la paja de un campo de centeno. Es este objeto a lo que fascina a Jacques Hold, el que lo implica en el fantasma, en su fantasma, o bien, en el fantasma de la novela. Lo que Lacan nos dijo, me parece que la semana pasada, lo cito textualmente: «Es en tanto que soy objeto a que mi deseo es el deseo del Otro».[xxiv]

Así, en este relato, la tercera persona es, de hecho, la primera: La primera debe ser tomada como la tercera. Un juego de sintaxis –de deseo– que figuraba en ciertas novelas del siglo XVIII. Pienso, en particular, en Los extravíos del corazón y del espíritu de Crébillon hijo.[xxv] Durante algún tiempo, la Marquesa fue destituida, y ella se marchó a las cinco.[xxvi]

La nueva novela –que apreciamos desde Flaubert– combina, entre el que habla y la exuberancia, la proliferación del objeto, un intervalo, una falta, una pausa, un silencio que es el sujeto. No nos engañemos, Marguerite Duras, que sabe cómo hacer silencio, también habla en tercera persona.

Jacques Lacan: Es un texto muy importante y muy interesante aquél del que acabamos de escuchar. Trabajaremos para que ustedes puedan formar parte.

¿Es que hay algo aquí? Sé que, entre mis allegados, hay muchas personas que no han dejado escapar este texto de Marguerite Duras. Si pudieran opinar con ocasión de lo que acabamos de escuchar, yo estaría satisfecho. ¿Alguien tiene algo qué decir a este respecto?

Para darles el tono de esta novela, voy a leerles un poco del capítulo central que he elegido. Pienso que será lo suficientemente esclarecedor –en tanto que la voz de la persona que habló aquí les llegará– para encontrarse lo suficientemente versados sobre la trama –sobre la trama de la novela–, de modo que este capítulo adquirirá su valor. La joven chica, la joven mujer en cuestión, desposó demasiado rápidamente a un joven de tipo altruista que, de alguna manera, la toma bajo su protección a título de resto {épave}.[xxvii]

Al cabo de diez años, este resto flotó bastante bien y volvió a su lugar de origen, a esa ciudad natal que se llama S. Tahla –en donde deberíamos haber sido advertidos en cuanto a los peligros que se le presentaban, a saber, lo que se llama los recuerdos que deben evitarse con las personas en duelo–; regresó a esta ciudad. Y es allí que, errando un día, ella se encontrará con alguien que, una vez, ya había sido anunciado en el horizonte de su visión –no puede decirse que en un encuentro: se introdujo en el campo de su ventana. Es el narrador y, a la vez, es la entidad –el amante tipo–, pero también es alguien a quien ella sigue –que está ahí– el que va a tomar el lugar de ese agujero, de esa hiancia alrededor de la cual, en suma, todo su ser de sujeto está organizado. Y lo siguiente, habiéndolo encontrado en la calle, ella espera lo que le espera, es decir, la mujer con la cual presiente, ella presume que él tiene una cita:

Ella llegó, en efecto, se apeó de un autobús atestado de gente que regresaba a su casa al atardecer.

Desde que se dirige hacia él, con ese contoneo circular, muy lento, muy dulce, que mientras dura su marcha la hace objeto de un halago acariciador, secreto, e interminable, de ella misma a sí misma, tan pronto ve la masa oscura de esta melena vaporosa y seca bajo la que el rostro, muy pequeño y triangular, blanco, aparece invadido por los ojos inmensos, muy claros, de una gravedad desolada por el remordimiento inefable de ser portadora de ese cuerpo adúltero, Lol se confiesa haber reconocido a Tatiana Karl.[xxviii]

Es decir, la mujer que presenció la escena inicial:

Sólo entonces, piensa, después de flotar aquí y allá, lejos, el nombre está ahí: Tatiana Karl.

Iba vestida discretamente, con un traje sastre negro. Pero el pelo lo llevaba muy arreglado, sujeto por una flor gris, realzado por peinetas de oro; había puesto todo su cuidado en fijar el frágil peinado, un largo y espeso mechón negro que, al pasar junto al rostro, acentuaba la mirada clara, la hacía más inmensa, aún más afligida, y lo que sólo hubiera debido ser rozado por la mirada, que no podía dejarse al viento, sin que se destruyera, hubiera debido –Lol lo adivinaba– aprisionarse en un velo oscuro, para que llegado el momento oportuno fuera el único que malograra y destruyera la admirable sencillez, un solo gesto y entonces quedaría bañada en la caída de su cabellera, de la que Lol se acuerda de repente y vuelve a verla luminosamente yuxtapuesta a ésta.[xxix]

Así que ella los ve venir juntos:

Caminaban a un paso uno del otro. Apenas hablaban.

Creo ver lo que Lol V. Stein debió de ver:

Entre ellos hay una armonía sorprendente que no procede de un conocimiento mutuo sino, precisamente al contrario, de su desprecio. Ambos tienen la misma expresión de consternación silenciosa, de miedo, de profunda indiferencia. Al acercarse, van más de prisa. Lol V. Stein acecha, los incuba, fabrica a esos amantes. Su aspecto no la engaña. No se aman. ¿Qué tiene que decir al respecto? Otros lo dirían, al menos. Ella, en cambio, no habla. Les unen otros lazos que no son los del sentimiento, ni los de la felicidad, se trata de otra cosa que no prodiga ni pena ni gloria. No son felices ni infelices. Su unión está hecha de insensibilidad, de un modo generalizado y que aprehenden momentáneamente, cualquier preferencia está proscrita. Están juntos, dos trenes que se cruzan muy de cerca, el paisaje carnal y vegetal es parecido a su alrededor, lo ven, no están solos. Se puede pactar con ellos. Por caminos contrarios han llegado al mismo resultado que Lol V. Stein, ellos a fuerza de hacer, de decir, de probar, de equivocarse, de irse y de volver, de mentir, de perder, de ganar, de avanzar, de volver otra vez, y Lol a fuerza de nada.[xxx]

Es allí que ella los sigue justo hasta ese lugar que es el hotel, el hotel en la ciudad donde todo el mundo tiene la seguridad de poder refugiarse en sus amores clandestinos:

Lol reconoce ese hotel por haber estado en él con Michael Richardson –el amante que la abandona– durante su juventud. Sin duda, ha llegado a veces hasta ahí durante sus paseos. Ahí fue donde Michael Richardson le hizo su juramento de amor. El recuerdo de la tarde invernal también ha sido sepultado en la ignorancia, en la lenta, cotidiana glaciación de S. Tahla –ese es el nombre de la ciudad– bajo sus pasos.[xxxi]

Entonces, es ella, es ella quien, a partir de ese momento, parte hacia la famosa escena del casino, [misma] que le arranca a aquel que queda enseguida –para toda su vida– como un agujero, ese agujero en el lugar en el que no hay más que un anillo de mentira. Es ahí a donde ella llega:

La veo llegar. Muy deprisa, alcanza el campo de centeno, se deja deslizar, se encuentra sentada, se tiende. Ante ella, esa ventana iluminada. Pero Lol se halla lejos de su luz.

No tiene idea de lo que hace. Sigo creyendo que es la primera vez, que está ahí sin tener idea de estar ahí, que si se lo preguntaran diría que descansa. Del cansancio de haber llegado hasta ahí. Del que seguirá. De tener que volver. Viviente, muriente, respira profundamente, esta noche el aire es meloso, de una agotadora suavidad. No se pregunta de dónde le llega la maravillosa debilidad que la ha acostado en ese campo. La deja actuar, llenarla hasta la sofocación, mecerle rudamente, despiadadamente hasta el sueño de Lol V. Stein.

El centeno cruje bajo sus riñones. Tierno centeno de principios de verano. Con la mirada clavada en la ventana iluminada, una mujer escucha el vacío –alimentarse, devorar ese espectáculo inexistente, invisible, la luz de una habitación donde otros están.

De lejos, con dedos de hada, el recuerdo de una cierta memoria pasa. Roza a Lol poco después de haberse tendido en el campo, le muestra a esta hora tardía de la tarde, en el campo de centeno, a esta mujer que contempla una pequeña ventana rectangular, un reducido escenario, delimitado como una piedra, en el que todavía no ha aparecido nadie. Y quizá Lol tenga miedo, pero poco, de la eventualidad de una separación aún mayor con los otros. Sin embargo, sabe que algunos lucharían –ella, todavía ayer–, que volverían corriendo a casa en cuanto un resto de razón les indujera a sorprenderse en ese campo. Pero es el último miedo que Lol ha aprendido, el que otros tendrían en su lugar, esta noche. Lo aprisionarían en su seno, con coraje. Pero ella, al contrario, lo ama, lo amansa, lo acaricia entre sus manos sobre el centeno.

Al otro lado del hotel, el horizonte ha perdido sus colores. Anochece.

La sombra del hombre pasa por el rectángulo de luz. Una primera vez, después una segunda, en sentido contrario.[xxxii]

Y es allí que ella sigue, bajo la forma de este teatro de sombras, todo el juego {manège} de los amantes. Al fin, su regreso a casa:

Su marido está en la calle, espera, alarmado.

Mintió y le creyeron […] El amor que Lol había experimentado por Michael Richardson era, para su marido, la más segura garantía de la fidelidad de su mujer. No podía encontrar por segunda vez un hombre hecho a la medida del de T. Beach, o bien era necesario que lo inventara, pero ella no inventaba nada, creía [Jean Bedford] –su marido.[xxxiii]

Ustedes ven que las dimensiones y el registro alrededor del cual juega nuestra Marguerite Duras, no van sin algo de humor lateral. En cuanto a lo que se encuentra ahí –se demuestra y es demostrable–, es precisamente en tanto que este ser –Lol V. Stein–, en torno al cual podemos recordar muchos de los temas de este año –incluso, e incluyendo, como acabamos de hacer, la función y el uso del nombre propio, que se articula en varias ocasiones y en diversos puntos especiales de este libro con, aparentemente… ¡Dios mío! con una pertinencia que podría, después de todo, erigirse en un objeto de interrogación si no supiéramos, por nuestro trabajo de este año, la profunda coherencia de esta función del nombre propio, con todo lo que tiene que ver con esta posición {siège}, con esta posición central del sujeto, en la medida en que es representado aquí de la manera más articulada por la palabra agujero, por la palabra faltante, la palabra agujero o la palabra-agujero–; es en la medida en que este ser… –este ser designado por este nombre propio, que es el título de la novela de Marguerite Duras– este ser no está verdaderamente especificado, encarnado, presentificado en su novela sino en la medida en que existe en la forma de este objeto nuclear, este objeto a, de ese algo que existe como una mirada y que, no obstante, es una mirada… una mirada descartada, una mirada-objeto, una mirada que veremos en repetidas ocasiones.

Por supuesto, esta escena se renueva, es escandida {scandée},[xxxiv] repetida en varias ocasiones hasta el final de la novela, incluso cuando ella conozca a este hombre al que hará aproximarse, al que literalmente se aferrará como si ella [se] uniera a ese sujeto dividido de ella misma, aquel que sólo ella puede soportar y que es, también en la novela, el que la soporta. Es gracias al relato de ese sujeto que ella está presente.

El único sujeto aquí es este objeto, este objeto aislado, este objeto, por sí mismo, de alguna manera, exiliado, proscrito, caído en el horizonte de la escena fundamental que es la pura mirada que es Lola Valérie Stein y es, por lo tanto –en la novela–, el único sujeto, aquel alrededor del cual se sostienen, y giran, y existen todos los otros; y es por la observación que les han hecho justo ahora acerca de esta suerte de giro en la novela –de la novela antigua y tradicional–, aquel que nos fue ilustrado bella y enfáticamente a partir de la cuestión extraída de Crébillon hijo –y, también, de la novela, por la conserje {et aussi bien du roman pour la concierge}–:[xxxv] La Marquesa se marchó a las cinco

Esto es lo que, una cierta [forma de la] novela, por un momento, ha creído deber excluir –la regla y el modo–, mostrándonos que, jamás, las cosas deben ser introducidas, vivificadas bajo la forma de algún monólogo, sino a manera de que la cosa {le furet} se pase de uno a otro protagonista en la novela. Es aquí lo que encontramos bajo la forma –sin duda– de un personaje que habla en tercera persona, pero que es el personaje omnipresente, el que se desliza, el que pasa, el que vé las cosas, en cierta manera, desde fuera –contrariamente al principio de Politzer–;[xxxvi] habla y, bien, cuenta el relato en tercera persona.

Es justamente en la medida en que esto está hecho, que permite presentificarse, en alguna parte, al objeto bajo la forma de un objeto, de un objeto caído, de un objeto desprendido, de un desecho de ser, el que es el ser esencial que vemos encarnarse con un cierto grado de presencia en una novela –a mis ojos, a los ojos de los que, pienso, ya lo han leído, y a los ojos de aquellos que, aquí, lo leerán todavía– bajo la forma más absurda de lo que amerita ser llamado subjetividad.

He aquí lo que, en resumen, ha sido introducido por… que tuvo a bien prepararles Madame Montrelay. Si alguien tiene algo para decir sobre esto, que lo diga en seguida.

André Green: ¿Puede recordarme cómo está escrito el nombre de Jacques Hold?

Jacques Lacan: H.o.l.d.

André Green: Bien. Entonces, tenemos a Lol V(alérie) Stein;

luego, tenemos a Michael Richardson,

y luego, tenemos a Tatiana Karl

y a Jacques Hold.

Son, simplemente, algunas observaciones que me han venido, justamente, a propósito de la función del nombre propio y de la incidencia de ciertos significantes que se repiten aquí. El a faltante aquí, no puede escapar al excepcional redoblamiento de esa a tres veces en el nombre de Tatiana y, precisamente, también, en su apellido, constituyendo la vocal central de ese nombre.

Esto ya es un primer elemento verdaderamente digno a ser tenido en cuenta. Por otra parte, entre Richardson y Karl también tenemos algo que pone en correspondencia estos dos fragmentos de dos fonemas en los lazos que unen a esos dos protagonistas. Lo que falta aquí, ya se puede ver a nivel del nombre, a nivel de la a que es justamente la sílaba amputada del nombre de Lola. El a se encuentra aquí, por una parte, en el nivel de esta a, en la que vemos que le corresponde a Karl con el apellido Richardson, y podríamos preguntarnos, evidentemente, en qué medida esta terminación en son, implica, evidentemente, el nacimiento de un lazo de filiación.

En fin, evidentemente, esta vocal central del apellido de Hold, estando precisamente conservado en función de lo que está amputado a nivel de Lola, debe atraer también nuestra atención. Son estas algunas observaciones que, quizás, me parece que podrían ser objeto de investigación, por lo que nos ha sido presentado en el curso, justamente, de la subjetividad.

Michèle Montrelay: Hay una cosa que no he dicho tampoco a propósito de Lol, y es que, escrito en minúscula, queda l 0 l.[xxxvii]

Jacques Lacan: Bien. Entonces, Jacques-Alain, es su turno, viejo. Usted entra a la carrera con un poco de retraso. Entonces, prosiga. En fin, pienso que todos ustedes van a leer, durante las vacaciones, esta pequeña novela. Esto se lee en dos horas y media, pero se relee veinte veces. Anuncie su tema porque yo no lo he anunciado aún.

Jacques-Alain Miller: Mi única tarea es la de presentarles un texto publicado en Diógenes bajo el título El psicoanálisis en América, de Norman Zinberg,[xxxviii] un texto que Jacques Lacan quiso que hiciera de su conocimiento. Yo no lo conocía sino hasta hace algunos días; nadie, al parecer, de aquellos a quienes estaba dirigido el deseo de hacer este trabajo, como dicen, un poco ingrato.

Es, entonces, un texto dejado de lado el que voy a resumir de manera simple. Pero no se debe suponer que, con estas palabras, estoy manifestando mi falta de interés por esto que voy a hacer de su conocimiento. Para informarles de la situación del psicoanálisis en América, según el señor Norman Zinberg, veo este interés, al menos, de ofrecer la oportunidad –a mí, que hablo, y también a algunos de ustedes que me escuchan– de recordar que, en todos los frentes, hay combates a ser librados, combates tanto políticos como teóricos, y es con los Estados Unidos de América, en primer lugar, con quien nos enfrentamos.

Denunciando la peste que los Estados Unidos de América han aportado al psicoanálisis, no hago sino seguir la alerta de Jacques Lacan quien, hasta donde yo sé, nunca ha dejado de afirmar el imperativo con respecto al cual [el psicoanálisis] ha sido elaborado a partir de Freud, en los Estados Unidos, frente al imperialismo ideológico al que, la Universidad, incluso en este país, inclina la cabeza con demasiada frecuencia. El texto de Norman Zinberg adquiere su valor en tanto que su autor, manifiestamente, participa de eso que denuncia del psicoanálisis en América. Éste no es un lacaniano excitado por las palabras del maestro, que vendrían a sostener sus pretensiones por una complaciente descripción de sus fines. Este texto en cuestión refleja, por dos vías, el estado del psicoanálisis en América:

1º) Por aquello que enuncia, sin ambages, de la peste que ahí reina;

2º) Porque demuestra que él mismo, el autor, que sabe que la plaga reina, no está menos afectado.

No hay mejor prueba que la definición que él da de la disciplina freudiana como la teoría psicológica general más comprensiva en que se consideran las relaciones del individuo con él mismo y con su entorno en términos de adaptación. Además, el señor Zinberg no brilla por una inteligencia particular y, francamente, es algo insuficiente en el plano del intelecto. Ninguno de ustedes lo dudará cuando les lea esta epistemología irrisoria {bouffonne} del psicoanálisis:

Los dos sistemas de pensamiento más importantes de la primera mitad del siglo XX fueron el darwinismo social de Herbert Spencer y el determinismo económico de Karl Marx. A grandes rasgos, y simplificándolo al extremo, la filosofía de Spencer concibe a la esencia humana en términos de lucha y de competencia; cada hombre por sí mismo, la selección natural excluye la asistencia mutua. La teoría marxista de la sociedad, en la que cada uno tiene que ayudar a los otros y renunciar a sus aspiraciones individuales en beneficio de propósitos más importantes de la sociedad, es incorporada con la idea de que la identidad de cada uno es difusa en el Estado e, incluso, en la fábrica. El psicoanálisis, en tanto que filosofía, se sitúa a medio camino entre estos dos conceptos. La primera de estas teorías sociales parece estar demasiado cerca de la agresividad desenfrenada de la humanidad primitiva, mientras que la segunda, la marxista, aunque brillante en su optimismo en lo que atañe al hombre, parece temer demasiado a las aspiraciones personales. El psicoanálisis tiene en cuenta el conflicto entre la naturaleza fundamental del hombre y su entorno y, pese a su pesimismo en cuanto al contenido de la naturaleza, no abandona la esperanza de una solución, ofrece un compromiso entre los dos.[xxxix]

He aquí lo que retrata, lo que resulta suficiente para retratar al señor Zinberg, pero esto es lo que le da más valor a lo que él mismo retrata del psicoanálisis en América. Para decirlo en pocas palabras, es una catástrofe. El psicoanálisis va a morir, el psicoanálisis está muerto y, virtualmente, los analistas también. ¿Cómo curar? Hay pocas, muy pocas posibilidades de una segunda oportunidad.

Con esto es que, el propio señor Zinberg, concluye su artículo, con la declaración de un tratamiento, el cual, siendo evidente todo lo anterior, no tendría éxito sino, por supuesto, a través de una subversión radical de la sociedad americana. La frase del señor Zinberg es: «Debemos resistir para promover nuestra disciplina. Quizás entonces, tendremos una segunda oportunidad».[xl]

¿De qué ha muerto, entonces, el psicoanálisis en América? ¿Por qué la primera oportunidad del psicoanálisis en América fue perdida? El señor Zinberg responde, tomando prestada de Erik Erikson una de sus expresiones: «Muere de una enfermedad ética».[xli] ¿Y qué es una enfermedad ética? ¿Cuál es esta enfermedad ética de la que el psicoanálisis está muriendo en América? Uno podría decir, simplemente, que muere por su éxito.

Pero, eso… todos sabemos que en ningún sector de la vida americana… que no hay ningún sector en la vida americana que no sea tocado por el psicoanálisis. Empero, simplemente, repetiré un pasaje de este artículo que lo atestigua:

Los periódicos proporcionan una prueba de la manera en que los medios de comunicación masiva han absorbido y difundido las ideas psicoanalíticas. Las grandes agencias de información van tan lejos como para presentar en las noticias lapsus del lenguaje, sugiriendo que, aquel que hablaba, revelaba un sentimiento distinto al que quería expresar y, generalmente, se oponía a él. Los mejores ejemplos provienen de la campaña política de 1960, [especialmente] del hecho de que el señor Nixon quedó sujeto a un lapsus linguae. Hablando de su vicepresidente –el señor Henry Cabot Lodge–, lo llamó: «mi distinguido adversario». Los analistas de noticias serían, sin duda, incapaces de hablar del mundo si fueran privados de frases tales [como clima emotivo, intenciones agresivas, ambición personal y muchas otras]. Lo que es extraordinario en el empleo constante de ideas que, originalmente, provienen del psicoanálisis, es que ya no es necesario señalarlas como propiamente psicoanalíticas; éstas han sido completamente aceptadas y forman parte de la lengua.[xlii]

Jacques Lacan: Me gustaría comentar algo, ahora que usted acaba de mencionarlo, y es que, Erik Erikson, en su Joven Lutero, no habló de la enfermedad ética que afecta al psicoanálisis, sino que decía esto: «En el momento mismo en que estábamos tratando –es un imperfecto– de inventar, con un determinismo totalmente científico, una terapéutica para una minoría, hemos sido entrenados para propagar una enfermedad ética entre las masas».[xliii]

Es decir, Erik Erikson –vayamos del lado en el que Erik Erikson debe estar ubicado– es, sin embargo, mucho más cercano al entorno freudiano esencial que un Sullivan, por ejemplo; es bastante culturalista, ¿no es cierto? Erik Erikson escribe, entonces, que él considera la conclusión del análisis en la sociedad americana como el representante de una enfermedad ética, no obstante, sobre el cuerpo social.

Jacques-Alain Miller: Sucede que me lleva de vuelta, entonces, a un punto muy preciso, que es esta cita, empero, simplemente desplazada hacia la comprensión de que el psicoanálisis, en sí, no es una enfermedad ética. No obstante, me parece –esto es precisamente de lo que estaba hablando– que, esta enfermedad ética, no se puede decir que afecte al cuerpo social. Si afecta al cuerpo social, el psicoanalista forma parte de él y, como resultado, esta enfermedad ética es afectada. Entonces, efectivamente, lo que entiende Erikson en esta cita, es que el psicoanálisis ha propagado una enfermedad ética. Ahora bien, él cree que, al propagarla, sólo puede propagarla porque él mismo es afectado y, a su vez, esta extensión de la peste lo afecta.

El psicoanálisis no sólo se utiliza en el lenguaje cotidiano sino que ha servido como lenguaje unitario para esas prácticas que continuaban siendo, de alguna manera, fragmentarias. Por ejemplo, para las ciencias sociales:

A partir de la publicación del libro de Laswell alrededor de 1930, los sociólogos, así como los psicólogos, los psico-sociólogos y los antropólogos, comenzaron a interesarse en el individuo y su personalidad en sus relaciones con el medio. Utilizaron cada vez más y más el psicoanálisis. Cuando los antropólogos sociales se unieron a los anteriores, comenzó la superposición de funciones e intereses a gran escala. Además, se intentaron descartar las polaridades del pensamiento –una dicotomía entre teoría y empirismo– para llegar a lo que Merton llamó una teoría del justo medio.[xliv]

En otras palabras, el psicoanálisis, allí, para las ciencias sociales, sirvió como un agente de lazo necesario, eso es lo que dice Zinberg. Y ahora, para un dominio completamente otro –para el cine, por ejemplo–, el señor Zinberg reconoce la misma función: «Los escritores y los psicoanalistas encontraron, en un psicoanálisis simplificado, asepsizado, los amplios temas humanos que estaban buscando».[xlv]

Entonces, tanto para las ciencias sociales como para el cine, vemos que el psicoanálisis, así deformado, sirve como un lenguaje unitario para reunir prácticas fragmentarias. Empero, el éxito, la difusión del psicoanálisis no es, todavía, la enfermedad ética. ¿Qué enfermedad ética se ha generalizado en el psicoanálisis? ¿En qué enfermedad se ha convertido?

El psicoanálisis –pero eso también lo sabíamos– vino a apoyar la función de desconocimiento de la lucha de clases en América, desconocimiento de la lucha de clases, como sabemos, hoy día implícito en la sociedad capitalista americana. Lo hemos leído en los numerosos artículos de Les Temps Modernes que lo han denunciado.

Aquí, voy a citarles este pasaje, pues adquiere su valor por ser, como siempre, del señor Norman Zinberg quien, como se aprecia, está infestado por esta peste.

Se ha pedido al psicoanalista –y al psiquiatra psicoanalítico en ocasión de un gran esfuerzo organizado para remediar lo que el señor Zinberg llama insuficiencias sociales– que trabaje en colaboración con los tribunales de menores, las cortes criminales, las prisiones, las correccionales. Él es consultado por agencias sociales, iglesias e instituciones educativas, desde la guardería hasta la Universidad. Su ayuda es cada vez más buscada por la industria para la resolución de asuntos con el personal, para la orientación de los trabajadores de acuerdo a su fuerza y capacidad. Algunas veces, somos buscados a propósito de problemas más vastos, de importancia nacional o internacional y, hoy día, ya somos parte de numerosos organismos federales.[xlvi]

Pero ésta no es, aún, la enfermedad ética del psicoanálisis. Quizás, para saber cuál es, debemos saber cómo puntualizar esta frase: «Una vez admitido que era conveniente hacerse analizar, el hecho de poder pagar un tratamiento fue en sí mismo un triunfo».[xlvii] ¿Y en qué consistirá si no en aquello que el propio señor Zinberg llama ostentación, [misma] que rige las relaciones de dinero en los Estados Unidos? El apego al dinero y a los bienes materiales, así como el deseo de exhibirlos y utilizarlos ostentosamente, han sido notados por cualquier observador, nativo o extranjero, desde Tocqueville. Sólo si el analista, quien va a hacerse psicoanalizar, desea mostrar ostensiblemente que tiene los medios, lo que el propio analista busca –nos dice el señor Zinberg– es sostener su posición científica. En otras palabras, en esta relación –en esta relación analítica–, no parece necesario hacer notar que el psicoanálisis mismo es el que tiene el estatuto de un objeto a. Y esto es lo que se puede, quizás, reunir en esta frase: «El análisis en los Estados Unidos es el análisis para mostrar {pour la montre}». Entonces, uno comprende que el mal del psicoanálisis es, efectivamente, la promoción, como lo dice el señor Zinberg al final de su artículo: «Cesar la promoción del psicoanálisis, dejar la ostentación, dejar la posición».[xlviii]

¿Y cuál es la función, para la sociedad americana en su conjunto, de este objeto a en que se ha convertido el psicoanálisis? Una vez más, tenemos que buscar una frase, aparentemente banal –o, para él, banal–, que dice el señor Zinberg: «Para el “nuevo y rico materialismo dinámico” de los Estados Unidos, todo es reparable».[xlix]

En efecto, desconocer la lucha de clases no es sino, de hecho, la especificación de esta sutura general en que la sociedad americana… que la sociedad americana ha practicado sobre sí misma con el propósito de realizar –y que porta este nombre inscrito en su Constitución– la búsqueda de la felicidad.[l] Perseguir la felicidad, continuar con la adecuación del hombre a su entorno, procurar la adaptación es, quizás, la utopía.

En todo caso, esto requiere, esencialmente, de un señuelo, este señuelo cuya función es la del objeto a, este señuelo que permite lo reparable, que permite la completud. Parece que fue el psicoanálisis el que vino a soportarlo en América, y esto es lo que se admite en este artículo. Entonces, uno entiende que la muerte del psicoanálisis no proviene sino de su inversión.

Hay, en América, una inversión del psicoanálisis, [esto,] si es verdad que el psicoanálisis no es posible sino sujeto a lo irreparable, si el psicoanálisis no es posible sino si su término –si es que esa palabra tiene algún sentido–… si su término consiste en la asunción de lo irreparable que porta el nombre, en el álgebra lacaniana, de la falta en ser. ¿Cómo puede uno sorprenderse, entonces, del desconcierto del psicoanalista? ¿En cuanto a qué? ¡En cuanto a su deseo! Esto es, de nuevo, lo que se puede leer en el señor Norman Zinberg:

Los psicoanalistas tienen una suerte de problema de identidad con respecto a su trabajo. ¿Su propósito principal es el de tratar de mejorar el estado de salud de la humanidad, cualquiera que sea la significación conceptual? ¿Utilizan, por el contrario, una técnica, una herramienta de investigación que permite estudiar el mecanismo de la mente, o bien, construyen, a través de su experiencia cotidiana, un amplia teoría psicológica destinada a explicar tanto a la salud como a la enfermedad?[li]

La pregunta es: ¿Qué es lo que quiere el psicoanalista de ese querer singular que es el del deseo? ¿Cuál es el deseo del analista? Después de mucho tiempo, sabemos que ésta es una y la misma pregunta, junto con esta: ¿Qué ciencia es el psicoanálisis? Después de un cuadro del psicoanálisis en América, nos haría falta otro –[que,] no obstante, no estaría muy bien provisto–, el del psicoanálisis en el campo socialista. Luego entonces, no les daré este cuadro porque no sé nada al respecto. Me limitaré a citar una frase de Jacques Lacan, extraída de un Seminario del año 1955-56 –no tengo referencias más precisas–, en el que Jacques Lacan dijo: «Encontramos justificada la prevención que el psicoanálisis encuentra al Este».[lii]

Sí, sin duda, Jacques Lacan tenía razón. Más que psicoanálisis –que éste psicoanálisis–, hay éste psicoanálisis contagioso {pestiférée}.[liii] Pero ustedes, los lacanianos, los analistas lacanianos, deben saber –y sin duda saben– que son los guardianes de la verdad restituida de Freud, guardianes tanto más preciosos dado que son pocos. El señor Norman Zinberg les promete a todos que los mejores años del psicoanálisis aún están por venir, así lo dice al comienzo de su artículo: «Ciertos signos indican que la influencia del psicoanálisis en América ha llegado a su apogeo y, asimismo, quizás, ha comenzado a declinar, mientras que en Europa y en Japón su boga está sin duda comenzando».[liv] Él se explica al decir: «Una clase media y próspera, en Europa Occidental y en Japón, una clase media y próspera, e inevitablemente materialista, que rompe con la sociedad tradicional, comienza a interesarse por el psicoanálisis».[lv] Él mismo, al final de su artículo, los pone en guardia: «Es difícil ser pacientes –esto se dirige hacia los americanos– mas, quizás, con nuestro ejemplo, podemos ayudar a los Institutos psicoanalíticos en ciernes de Europa y de Japón a evitar nuestros errores y a ahorrarle a sus países tantas bromas de mal gusto». Esta tarea, ustedes lo saben, es la suya, y es a esta tarea a la que los destina Jacques Lacan.

Ustedes ven, anunciado por Norman Zinberg que, lo que podría llamarse una civilización de cuadros, se está preparando en los países imperialistas. En otras palabras, deben tener en cuenta que ustedes son un bastión, es decir, que están sitiados. Pero si esto puede tranquilizarles, no todos sabemos que las teorías de los americanos, como sus bombas, no son sino, después de todo, tigres de papel.

Jacques Lacan: ¿¡Qué podemos escuchar!? Bien, está bien.

No puedo, por supuesto, inscribirme, ni por un solo instante, para atemperar este llamado –Dios mío…– a aquellos, justamente, de los que no puedo prever qué harán con lo que les he aportado en el transcurso de estos años, que ya son largos, y que están comenzando a extenderse seriamente en el pasado. Me gustaría que este artículo –al igual que esta pequeña novela sobre la que antes les han contado–, que este artículo en Diógenes, lo leyesen. Tiene, verdaderamente, un gran interés documental, simplemente por los límites que, en efecto, uno puede discernir en algunas de las palabras de su autor, por su amplia información.

Claramente, es alguien que está muy, muy cerca del entorno analítico más consistente y, expresamente, por ejemplo, muy cercano al ejecutivo, cuyo último representante, el señor Maxwell Gitelson –ahora fallecido–,[lvi] se cita en este artículo, y justamente para la manera en que sostuvo el timón de este barco singularmente comprometido en una cierta aventura.

Creo que el interés que hay para ustedes, quienes quieren –después de diferentes momentos, más o menos largos– seguir mi enseñanza y tener fe en mi palabra… el interés está en un informe que es verdaderamente muy objetivo, para que ustedes vean cómo es planteada –por alguien que sinceramente trata de situarlo, de hacer un balance–… cómo es planteada la pregunta de lo que es realmente el análisis, y pienso que eso tiene su interés, del todo implícito, independientemente de tales o cuales excesos que son denunciados y que siempre son mucho más sensibles cuando uno está en el escenario, ¿no es así? Un cierto estilo…

Recuerdo la manera como regresó –más o menos exasperada {horripilés}, [mas] no horrorizada {horrifiés}– la gente que no tenía otra cosa que la información que les había dado para su primera visita por ahí,[lvii] de lo que estábamos haciendo –por supuesto, de una manera corriente, de una manera promedio… ambiental, como dicen–, de ver, sin embargo, esto.

Creo que, para el promedio de mi auditorio, me limitaré a esperar la lectura de este artículo, que no pido se me devuelva como un punto de vista, un homenaje, sino para saber que una cierta manera de plantear los problemas debe, para todos –expresa y especialmente para aquellos que son aquí analistas–, hacer que la maniobra de su función o que la forma en que la piensan sea, literalmente, más respirable. Yo no habría tenido sino que este rol y esta función –no creo que sean insignificantes–, y que hace que una cierta vida mental sea posible, que no se involucre en un cierto número de impasses o de falsas antinomias; por ejemplo, ese biologicismo opuesto a un pretendido culturalismo que, sabemos, es precisamente lo que puede haber de más cuestionable en ciertos desarrollos. Hablo del culturalismo en los desarrollos, en los Estados Unidos, del psicoanálisis. Es algo que es bastante sensible, muy sensible, según este artículo.

De lo que les he enseñado –o que continúo enseñándoles–, digamos que es necesario que lo empuje, de alguna manera, más allá. Quiero decir que si, por ejemplo, les hubiera dado algo que correspondiera a la obra que terminaré, por el bien de ustedes, algún día… si se los hubiera dado en el momento del Informe de Roma… –e intencionalmente, no lo he hecho–, ustedes verían ahora las cosas –Dios mío–, de lo que no puedo decir que tenga el mérito de eso que he podido difundir, aún admitiendo que, del pequeño círculo al que he estado siempre muy particularmente consagrado, las olas vienen de otra parte, que es muy fácil de ver en los ecos –un eco no es siempre el eco del ruido que uno hace; los ecos vienen de otra parte– y, francamente, si ahora, incluso las oficinas de pintura cultural en que han sido sazonados los complejos de la burguesía desde el final de la última guerra, esas oficinas resuenan después de algunos años –para emplear, de una manera más o menos pertinente, el término de significante, ¿no voy a quedarme con el mérito?

Simplemente digamos que he permitido a la gente, a un medio que es el del entorno médico –del cual, en materia científica, no podemos decir que se distinga siempre por el hecho de estar especialmente adelantado–, digamos que les advertí a tiempo que existían cosas en otros lados, del lado de la lingüística, del cual habrían tenido que estar informados si querían estar al día. Todo esto es el lado caduco, si se puede decir, lo que me produce no menos malestar hasta el momento. Si sostuve un medio, digamos, en una atmósfera suficiente, desde el punto de vista de lo que hace un rato llamé, y muy intencionalmente, la dimensión de lo «respirable» es, por supuesto, porque este lado es el más contingente, el que –Dios mío–, con el tiempo, interesará únicamente a las personas que hacen la pequeña historia de la época.

Es bien cierto que, lo importante, son las aristas, el nervio de una cierta construcción que vino, lentamente, a ver la luz del día, [esto,] en la medida en que creí poder sostenerla, [a partir] de ejemplos calificados, de una orientación determinada de la experiencia, de algo que no es fácil poner como primer rango de las preocupaciones: los primeros planes de algunos foros donde las cosas se discuten con conocimiento de causa. Y, lo que he podido desprender de este uso, evidentemente, presenta más dificultades; y no es fácil, tampoco, difundir, precisamente, tal o cual cosa que sólo puedo designar por las letras de un álgebra.

He ahí el punto, ahí la eficacia del trabajo al que convoco a aquellos que quieren escuchar bien lo que digo, no como una música agradable, hecha para recibirse de lejos, de cerca o desde otro lugar –ecos–, sino como algo que requiere de un esfuerzo práctico y una puesta en ejercicio de esta práctica de la teoría que se halla en mi discurso.

Que nadie se alarme por el resto de lo que podría decirse aquí –además, únicamente apoyándonos de un texto americano–, de lo que podría decirse aquí en tanto que posibilidades –siempre tan difíciles de medir–, de los desvíos que nos podemos esperar en cuanto al futuro de lo que está pasando en las Américas. Para mí, que no he tenido hasta ahora –¡Dios mío!– el tiempo ni el ocio de ir a ver, sobre el lugar, cómo es que va el juego, aún si tal o cual, diré, me representa de una cierta manera, y que yo –Dios mío– tenga también la sorpresa de ver que éste o aquél, que no había previsto, se interesen por lo que escribo.

Pienso para mis adentros que, a decir verdad, de todo puede hacerse escuchar en las Américas y que, a partir del momento en que nos tomemos la molestia, incluso la doctrina que ustedes tienen la bondad, la gentileza de llamar lacaniana, puede, algún día, encontrar allí sus pequeños efectos, y que no está condenada, hasta ahora, a sufrir los efectos de una misteriosa peste, ante la cual, uno no debe caer en la trampa de otorgar una consistencia demasiado esencial. De todo esto, son los años que vendrán los que nos rendirán cuenta.

Ustedes tuvieron, este año, la amabilidad de apoyarme con su celo, su presencia y su amistad. Permítanme, antes de desearles unas felices vacaciones, agradecerles por ello.


* Traducción y Notas de Javier Jiménez León y María Eugenia Nieto Mancebo. El presente texto fue establecido a partir de la estenografía disponible en la página de la École Lacanniene de Psychanalyse (ELP).

[i] También se puede traducir como azarosa o arriesgada. [N. de los T.].

[ii] Couche, comúnmente, se traduce como capa o superficie. Sin embargo, en este contexto, el modismo apela a las nuevas generaciones de psicoanalistas. [N. de los T.].

[iii] Marguerite Duras, El arrebato de Lol V. Stein, RBA, Barcelona, 1993. [En adelante, recurriremos a esta versión de la novela. N. de los T.].

[iv] Cfr. Alain Resnais (Dir.), Hiroshima mon amour, Argos Films-Como Films-Daiei Studios-Pathé Entertainment, Francia-Japón, 1959. El guión estuvo a cargo de Marguerite Duras. [N. de los T.].

[v] En la estenografía, este enunciado termina con la palabra mémoi. No obstante, parece referirse al neologismo mé-moire, cuyo prefijo (), según el Lacan de 1972, tiene el mismo sentido que el de méconnaissance (desconocimiento). A lo anterior, se suma el hecho de que la palabra une (una), que le antecede al neologismo, aparece subrayada, por lo que hemos optado por escribir el conjunto en cursivas, lo que nos remite, pues, a la función de desconocimiento, en singular, de la memoria. Cfr. Jacques Lacan, «Clase del 21 de junio de 1972», en …o peor, El Seminario (1971-1972), Libro 19, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 222 y Yan Pélissier; Marcel Bénabou; Dominique de Liège & Laurent Cornaz, 789 néologismes de Jacques Lacan, EPEL, Paris, 2002, p. 58. [N. de los T.].

[vi] Marguerite Duras, El arrebato de Lol V. Stein, Op. cit., p. 145.

[vii] Ibid.

[viii] Ibid. El fragmento colocado entre corchetes corresponde a la cita original, tanto en español como en francés. No obstante, en la cita que figura en la estenografía es omitida. [N. de los T.].

[ix] En la estenografía figura la palabra monde (mundo). Atribuimos esto a un error dactilográfico y lo corregimos, no sin antes cotejarlo con el texto de Marguerite Duras. [N. de los T.].

[x] Ibid., pp. 145-146.

[xi] Ibid., p. 145.

[xii] Coup de dés significa, literalmente, tirada de dados. Decidimos traducir la frase como apuesta para hacerla más acorde a este enunciado en el que, sin embargo, la dactilógrafa escribió cap de dé (curso de dado). Dada la dificultad que nos representó la traducción del mismo, a continuación lo reproducimos tal y como aparece en la estenografía del Seminario: En faisant en sorte que le cap de dé qui fut l’oubli premier de Lol se renouvelle mais fasse, pour ainsi dire, d’une pierre deux coups. [N. de los T.].

[xiii] La dactilógrafa refiere al otro con minúscula. Optamos por corregir el sesgo dado que el contexto apunta, en el sentido lacaniano del término, no al deseo del otro en tanto que semejante, sino al deseo del Otro en tanto que imposible. [N. de los T.].

[xiv] Ibid., p. 146.

[xv] Modificamos la estructura del presente enunciado dado que la transcripción aparece en un contexto demasiado recortado. A continuación, no obstante, reproducimos el texto íntegro presente en la estenografía: Il y a bien autre chose dans le texte qui est un texte qui sembl[e] sans que nous ayions rien fait l’un et l’autre Marguerite Duras et moi pour nous rencontrer, ce sont des textes congrue[nts] avec le thème même de ce que j’e vous ai avancé cette année. [N. de los T.].

[xvi] Montrelay refiere a un caso presentado por Leclaire en el famoso Coloquio de Bonneval. Dada su complejidad, mencionaremos únicamente al paso que remite, en especial, a un sueño –entre otros– de un analizante –según Leclaire, neurótico obsesivo– de nombre Philippe: «La plaza desierta de una ciudad pequeña; es insólito, busco algo. Aparece Liliane –a la que no conozco–, con los pies desnudos, y me dice: hace mucho tiempo vi una arena tan fina. Estamos en el bosque y los árboles aparecen curiosamente coloreados, de matices vivos y simples. Pienso que hay muchos animales en ese bosque y, como me apresuro a decírselo, un unicornio hembra se atraviesa en nuestro camino; marchamos los tres hacia un claro que se adivina hacia abajo». Leclaire señala que este sueño implica, en principio, un deseo de beber. No obstante, remite a tres escenas asociadas con la infancia de Philippe, última de las cuales guarda relación con un momento en el que éste se encontraba con Lili, prima de su madre, en una playa del Atlántico cuando contaba tres años de edad. Este momento, pues, se halla marcado por una broma hecha por dicha mujer. Ante la insistencia del pequeño Philippe al señalarle tengo sed (j’ai soif), ella termina interrogándolo, cada vez que se encontraban, con la siguiente «fórmula»: Philippe, ¿tengo sed? (Philippe, j’ai soif?). El sueño anterior, afirma Leclaire, remite a dos consecuencias importantes durante su infancia: 1) El beber por sí mismo evidencia cierto dominio de su cuerpo; 2) Aquella frase (tengo sed) coloca a Philippe como el que llama a Lili, diciendo, justamente, de su sed. A lo anterior, se suma lo que para Serge Leclaire implica una correlación directa entre Lili y lolo (pecho). Philippe no sólo dice de su facultad motriz o su llamado a Lili sino a ésta como representante del seno y su posibilidad de nutrir. A esto, queda asociado otro elemento importante: el unicornio (licorne). Para Philippe, el lit (lecho) de Lili manifestaba lo que en su propia casa le faltaba, una pareja parental estable. Por su parte, el corne (cuerno) simbolizaba una potencia viril puesta en cuestión, no obstante, deseada a través de su sueño dado que también representaba una aparente herida (castración) originaria. Durante la discusión del caso, Leclaire, en un intento por ampliar a este respecto, dice que el nombre de su analizante era Philippe Georges Elhyani. Además, agrega que éste tenía una especie de jaculatoria secreta consistente en una onomatopeya: Poordjeli. Forzando, a mi parecer, la interpretación de este enunciado, afirma que su descomposición en fragmentos remitía al nombre del sujeto en sus relaciones con su yo-tengo (j’ai/j’e). Dado que trabajar un caso tan extenso no es posible en un pequeño comentario, remitimos al lector a la intervención de Serge Leclaire, presente en Henri Ey (Dir.), El inconsciente (Coloquio de Bonneval) (1960), Siglo XXI, México, 1970, pp. 97-134.

[xvii] Acmé, en griego, remite al apogeo de una civilización, o bien, al punto extremo de una tensión o de una situación. También se suele utilizar para referirse al momento de una enfermedad en que sus síntomas se presentan con mayor intensidad. [N. de los T.].

[xviii] Cfr. Wladimir Granoff & François Perrier, «Le problème de la perversion chez la femme et les ideaux féminins», en La psychanalyse, Nº7, PUF, Paris, 1964, pp. 141-199. Existe traducción al español: Wladimir Granoff & François Perrier, El problema de la perversión en la mujer y los ideales femeninos, Crítica, Barcelona, 1980. En el presente texto, Perrier alude al problema del fantasma de embarazo en el hipocondríaco y la manera en que «éste trata inconscientemente de volver a dibujar, en su cuerpo enfermo, lo indiscernible y lo no simbolizable de una feminidad rechazada […] El hipocondríaco teme “explotar” de un modo femenino». Cfr. Ibid., p. 24. [N. de los T.].

[xix] Marguerite Duras, El arrebato de Lol V. Stein, Op. cit., p. 178.

[xx] Montrelay se refiere a Karlheinz Stockhausen, compositor alemán ampliamente reconocido por ser uno de los primeros en introducir la música electrónica, sin mencionar sus aportaciones a la teoría musical en general. [N. de los T.].

[xxi] En la estenografía, figura otro en vez de Otro. En adelante, corregimos este detalle dactilográfico de acuerdo con el contexto en el que Montrelay viene desarrollando su exposición. [N. de los T.].

[xxii] Ibid., p. 164.

[xxiii] En contexto, hérissement refiere a lo que coloquialmente llamamos piel de gallina. [N. de los T.].

[xxiv] Cfr. Supra.

[xxv] Cfr. Claude-Prosper Jolyot De Crébillon, Les égarements du cœur et de l’esprit (1736), Flammarion, Paris, 1993. No existe traducción al español. [N. de los T.].

[xxvi] La frase «La Marquise sortit à cinq heures» (La Marquesa salió a las cinco) es atribuida por André Breton a Paul Valéry. Se trata de una crítica a los novelistas clásicos que, según el poeta y escritor francés, tendrían que abandonar su estilo de escritura «informativa» y «simplista» en beneficio de una forma de la literatura mayormente apuntalada en la poesía. En apariencia, la referencia de Michèle Montrelay apunta directamente a Crébillon, no obstante, la cita no figura en ninguna sección del libro antes citado. En todo caso, Montrelay parece estar jugando con la alegoría para resaltar que este modelo clásico imperó por cierto tiempo, empero, posteriormente, fue casi por completo abandonado. Cfr. André Breton, «Primer manifiesto del surrealismo» (1924), en Manifiestos del surrealismo, Argonauta, Buenos Aires, 2001, p. 23. [N. de los T.].

[xxvii] Esta palabra puede ser traducida, también, como desastre, naufragio. En cualquier caso, dentro del contexto, a lo que Lacan parece remitir es a la cualidad de Lol en tanto que resto. Sin embargo, nos parece interesante resaltar que esta palabra suele utilizarse más cuando se está hablando de los restos de un naufragio. [N. de los T.].

[xxviii] Marguerite Duras, El arrebato de Lol V. Stein, Op. cit., p. 152.

[xxix] Ibid.

[xxx] Ibid., p. 153.

[xxxi] Ibid., pp. 153-154.

[xxxii] Ibid., pp. 154-155.

[xxxiii] Ibid., p. 156.

[xxxiv] En francés, esta palabra tiene varios y muy interesantes significados. Entre ellos, resaltan: consumada, coreada, silabeada, sustituida. [N. de los T.].

[xxxv] Probablemente, Lacan se refiera al conserje que aparece casi al final de la novela, aquel que les permite a Michael Richardson y a Lol V. Stein entrar al casino. Con respecto a la continuación del enunciado, también podría apuntar a la figura del conserje como aquel que funge en un espacio público o privado como tercera persona. [N. de los T.].

[xxxvi] En síntesis, lo que afirma Politzer es que, la «psicología verdadera» –noción en la que incluye al psicoanálisis–, no puede ser una psicología sostenida bajo la óptica de la tercera persona, es decir, no puede ceñirse a observaciones desde el exterior como si la persona fuera un mero objeto de estudio ajeno a ella misma en tanto que primera persona. Cfr. Georges Politzer, Crítica de los fundamentos de la psicología, Martínez Roca, Barcelona, 1969. [N. de los T.].

[xxxvii] Uno, cero, uno. [N. de los T.].

[xxxviii] Cfr. Norman Zinberg, «La psychanalyse en Amérique», en Diogène, Nº 50, Gallimard, Paris, 1965. No existe traducción al español. [N. de los T.].

[xxxix] Ibid.

[xl] Ibid.

[xli] Ibid. Cfr., también, Erik Erikson, Young man Luther. A study in psychoanalysis and history, Norton & Company, New York, 1958. No existe traducción al español. [N. de los T.].

[xlii] Norman Zinberg, «La psychanalyse en Amérique», Op. cit.

[xliii] Erik Erikson, Young man Luther. A study in psychoanalysis and history, Op. cit.

[xliv] Norman Zinberg, «La psychanalyse en Amérique», Op. cit.

[xlv] Ibid.

[xlvi] Ibid.

[xlvii] Ibid.

[xlviii] Ibid.

[xlix] Ibid.

[l] De hecho, esto figura, no en la Constitución, sino en la Declaración de Independencia, redactada originalmente por Thomas Jefferson, en compañía de John Adams y Benjamin Franklin. [N. de los T.].

[li] Ibid.

[lii] Este enunciado, en realidad, figura en Posición del inconsciente, un texto de 1964, como sigue: «Encontramos, pues, justificada la prevención con que el psicoanálisis tropieza en el Este». Cfr. Jacques Lacan, Escritos 2, Siglo XXI, México, 1984, p. 812.

[liii] En contexto, Miller parece referirse a la cualidad contagiosa de la enfermedad ética del psicoanálisis. Sin embargo, pestiférée también se puede traducir como apestoso. [N. de los T.].

[liv] Norman Zinberg, «La psychanalyse en Amérique», Op. cit..

[lv] Ibid.

[lvi] Maxwell Gitelson fungió, en aquel entonces, como uno de los líderes intelectuales del famoso Chicago Institute for Psychoanalysis, en el que figuraban, entre otros, personajes como Karl Menninger, Thomas Szasz y Karen Horney. [N. de los T.].

[lvii] Parece referirse al escenario analítico. [N. de los T.].

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